Recientemente un columnista al que consideramos muy genial y creativo, elaboró un artículo en el que, haciendo comparaciones, daba cuenta de cómo un animalito tan dañino como la rata es más célebre y afamado que una inofensiva ardilla, cuyo único daño es alimentarse royendo bellotas.
El acucioso autor de ese escrito, hablando de lo lesivo de la rata recordó que en el siglo xv, en Londres, mató a unas 120 millones de personas debido a la transmisión de la peste bubónica; sin embargo, ni esa pandemia ha sido óbice para que productores del cine de cartones animados, hayan creado dos ratones protagonistas: Mickey y Jerry. Y tal vez otros.
Es increíble y paradójico como entre dos roedores casi del mismo tamaño, hay diferencias tan extremas. La peligrosa y destructiva rata es abominable; tiene una áspera y detestable cola, mientras la ardilla posee una que es tersa y acolchada, y es un animalito que podría considerarse adorable.
Estas referencias sobre el artículo de marras, nos hace pensar que esas diferencias entre esos roedores y la capitalización de la rata en cuanto a ser más aclamada o deseada aunque sea en los muñequitos, acontece hasta entre los actores de nuestra política vernácula.
No sabemos quién o quiénes pueden considerarse ardillas entre nuestros políticos. Lo que si se da por cierto es la vigencia de algunos que, por sus conocidos e irrefutables actos de corrupción, deberían ser enjuiciados; pero apoyados en la modorra de un conglomerado y una justicia disfuncional, tienen la suerte de la rata.
Con todo y la corrupción de sus gobiernos y hasta con públicas acusaciones de personeros del bajo mundo, todavía siguen en la palestra y hasta son promovidos para acceder por nueva vez al solio presidencial.
Sus males y corruptelas como gobernantes han hecho e hicieron tanto daño, que hasta en esta contemporaneidad inmediata en que asistimos al escenario de otros gobiernos, persisten las secuelas y escándalos de sus actos ligeros y licenciosos, que sería prolijo enumerar en este limitado espacio.
En política los dominicanos tienen que aprender a apreciar las ardillas y menospreciar o exterminar a los que nos han infligido tanto daño como una rata, si queremos una mejor nación. ¿O acaso tendremos que seguir resignados a soportar la dicha de algunos políticos que, con el mimetismo de la adorable y mansa ardilla, tienen la suerte de la rata?

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