La felicidad y la política
Felices, los demasiado olvidadizos o los suficientemente tontos.
Una sociedad donde respetemos el derecho del otro, sin alteraciones del orden, sin jefes ni subalternos, sin el flagelo de la política, nos parece irreal. Condenamos a sus defensores y le bautizamos con distintos apodos, como anarquistas: una especie de tatuaje o pájaro de mal agüero.
A los antiguos griegos les asistía la razón cuando afirmaban que nacemos bajo el designio de un destino, una culpa y un castigo. Se equivocaban en cuanto a que fuera regido por los dioses.
Pareciera que el destino de la humanidad resultara una tragedia cómica regida por la injusticia, donde cargamos con una culpa común, la de ser gobernados, con el destino de no ver satisfechas nuestras aspiraciones fundamentales y con la culpa de abandonarnos en la vejez a la más triste de las suertes.
El anarquismo, sociedad donde prevalecen los derechos del otro, sin jefes ni subalternos, no resulta, porque el humano nació para ser gobernado. Si no fuera así, respetaríamos el derecho del otro, no lo usurparíamos.
Nos relacionamos ante el poder, al cual veneramos ciegamente, o padecemos de sus consecuencias.
Un hombre o una mujer, que se encuentre por encima de la cabeza de todos los hombres y mujeres, sin no se trata de una deidad, resulta un problema.
Vivimos en la Tierra en una relación sado-masoquista donde los que alcanzan el trono, son los adulados por los que secretamente, quisieran usurparle. Ejemplo de ello son los golpes de estado y los magnicidios.
A los anarquistas, inquietos por naturaleza, libres por necesidad, románticos por su heroísmo de rebelarse contra los poderes, a expensas de ser aplastados, no les ha favorecido la historia. Se les ha otorgado el cuño de la degradación, el desorden, lo cual no se aviene a la práctica.
La política de hoy no le deja una herencia satisfactoria a nuestras generaciones. Algunos políticos se pasan a las filas del adversario y se venden como baratijas. Otros se insultan, acuden a los golpes bajos, se aferran, se adhieren al poder como lapas.
La política parte de un principio erróneo, el de gobernarnos. Somos los humanos seres individuales que arribado a la adultez, nos molesta que nos administren o gobiernen aunque se demuestre en la práctica lo contrario.
El estado es omnipotente por naturaleza, se equivoca y rara vez se disculpa. Como toda institución, regida por normas que obedecen a una época, padece del síndrome de la decadencia.
Nuestro retroceso social niega a nuestro avance tecnológico. Sería inminente la práctica de normas, de acuerdo a la realidad que hoy vive la Tierra, que ayude a restablecer su salud y la de sus ciudadanos, de modo que la vanidad y egoísmo de la burocracia, permita reir a los pobres.
jpm

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