La bofetada de los refugiados
Las oleadas de refugiados que arriban a Europa desde países envueltos en sangrientos conflictos bélicos, son la cuota de responsabilidad que el Viejo Mundo debe pagar por su confabulación para desestabilizar a esas naciones.
La otra cuota corresponde a Estados Unidos, pero la distancia que lo separa del Mediterráneo y del Egeo es tan grande que no habría posibilidad de que esas mareas humanas pudieran llegar a las costas norteamericanas.
Mientras Estados Unidos está a salvo de ver en sus playas escenas como la de Aylan Kurdi, el niño sirio cuyo cuerpecito, arrojado por el mar Egeo, conmocionó al mundo, Europa debe cubrir su propia la falta y la de su socio americano en la macabra tarea de desestabilizar naciones del Medio Oriente, Asia y Africa.
Por las costas de Libia han salido miles de personas con la esperanza de llegar a tierra italiana, pero cualquier cantidad de ellas han terminado sepultadas en el fondo del mar.
Esas mareas humanas eran impensables durante el régimen de Moamar El Gadafi, una dictadura, sin dudas, pero que mantuvo su país estable hasta que la OTAN—léase, Europa y Estados Unidos–, decidiera que ya estaba bueno del reinado del coronel.
Es decir, que para «salvar a los libios de un dictador implacable», decidieron convertir ese país en un enorme caos donde predomina la ley de la selva, sin gobierno, sin orden y sin la más mínima seguridad para nadie. Libios y sirios se lanzan al Mediterráneo donde lo más seguro es morir ahogados o pateados por el racismo europeo si logran llegar a tierra.
Siria fue, en la región, uno de los países que gozó de estabilidad bajo el régimen de Hafez Al-Asad, dictador producto de la Guerra Fría, el status quo de las superpotencias que se repartieron el mundo tras la Segunda Guerra Mundial.
A la muerte del viejo Asad le sucedió su hijo Bashar, formado en Inglaterra, a quien EE.UU y la UE decidieron hacerle la guerra, apoyando a terroristas que luego se vuelven contra todo lo que consideran alejado de su fundamentalismo bestial.
Ahora, como una macabra paradoja, Europa tiene que soportar el enorme tsunami de refugiados sirios y de otras naciones que no están obligados a dejarse matar en el conflicto bélico orquestado por las potencias occidentales.

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