Epstein: poder, silencio y fractura
POR E. MARGARITA EVE
No fue solo un escándalo sexual. Fue una radiografía del poder cuando se acostumbra a no rendir cuentas. El nombre de Jeffrey Epstein terminó convertido en símbolo de algo más profundo: la sospecha de que existen círculos donde la ley opera con otra velocidad.
La investigación iniciada en 2005 y el controvertido acuerdo judicial de 2008 dejaron una marca difícil de borrar. Durante años, la sensación fue que el sistema sabía y callaba, que la influencia pesaba más que la transparencia.
Cuando fue arrestado nuevamente en 2019, la pregunta ya no era si había delitos, sino cuánto se había tolerado. Su muerte en prisión cerró un expediente penal, pero abrió una herida institucional que aún no cicatriza.
La controversia alcanzó a la monarquía británica con el caso que involucró a Prince Andrew, Duke of York, tras la demanda civil presentada por Virginia Giuffre y el posterior acuerdo extrajudicial. Más allá de responsabilidades penales, el daño reputacional fue evidente.
En paralelo, el mundo occidental atravesaba transformaciones culturales y clínicas significativas. El Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders y la World Health Organization* reformularon diversas categorías diagnósticas bajo criterios centrados en el malestar clínico y el daño, no en juicios morales.
La homosexualidad dejó de clasificarse como trastorno hace décadas tras amplios consensos científicos. Más tarde, otras categorías vinculadas a la identidad de género fueron redefinidas y el foco se desplazó desde la identidad hacia el sufrimiento clínicamente significativo.
Ese proceso técnico no fue interpretado de manera uniforme. En sectores críticos surgió la idea de que la redefinición progresiva de categorías podía abrir la puerta a relativizaciones futuras, sospecha alimentada por el clima general de desconfianza.
Algunos discursos conspirativos fueron más lejos e insinuaron que el objetivo final sería eliminar la pedofilia como trastorno y desdibujar su condena legal. La narrativa encontró eco en un contexto donde los escándalos de élite reforzaban la percepción de agendas ocultas.
Hasta la fecha, no existe evidencia de que organismos técnicos hayan promovido semejante propósito. La explotación sexual de menores continúa siendo delito grave en prácticamente todos los sistemas jurídicos contemporáneos y, la pedofilia se mantiene clasificada como trastorno cuando implica riesgo, coerción o daño.
Sin embargo, el dato sociológico permanece. Cuando las élites son percibidas como blindadas, cualquier cambio cultural se observa con recelo y la legitimidad institucional se vuelve frágil. El caso Epstein no confirmó todas las teorías que circularon a su alrededor. Lo que sí evidenció fue que la concentración de influencia, dinero y relaciones puede distorsionar la aplicación de justicia durante mucho tiempo.
América Latina debería leer esa señal con sobriedad. Ninguna élite es eterna. Ningún sistema es inexpugnable. Y cuando la legitimidad se erosiona, la caída no siempre se produce tras barrotes visibles, pero siempre deja marcas profundas.

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