El poder de Trump y el reordenamiento de Latinoamérica 

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La Autora es escritora e ingeniero. Reside en Santo Domingo.

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POR E. MARGARITA EVE

En política, la percepción no acompaña a la realidad: la anticipa. En el caso de Donald Trump, presidente de Estados Unidos, las conversaciones sobre su salud física no son el centro del análisis, sino un síntoma de algo más profundo: su persistente capacidad de influir en el equilibrio de poder hemisférico.

No existe evidencia concluyente de un deterioro físico que limite su desempeño. Por el contrario, su presencia constante en escenarios internacionales proyecta una imagen de liderazgo activo, con capacidad real de incidencia en la dinámica política, económica y estratégica del sistema global.

Más allá del ruido mediático, su figura se mantiene como un centro de gravedad del poder. Trump no solo gobierna: redefine la relación entre Estados Unidos y América Latina bajo una lógica más directa, menos diplomática y abiertamente geopolítica.

En ese contexto, la región entra en una etapa donde las afinidades pesan más que los protocolos. La Cumbre del Escudo de las Américas, con líderes como Javier Milei, Nayib Bukele y Luis Abinader, no es un evento aislado: es la señal visible de un nuevo orden en formación.

Donald Trump

Ese reordenamiento trae una consecuencia directa: las elecciones en América Latina ya no pueden leerse únicamente en clave interna. La cercanía o distancia con Washington comienza a influir, de forma silenciosa pero decisiva, en la legitimidad y viabilidad de los proyectos políticos.

Cuando se habla de lo que busca Washington, suele pensarse en seguridad, migración o control del crimen. Pero detrás de esas prioridades hay algo más profundo: una visión de orden basada en valores. No es religión explícita, es criterio de poder sobre qué liderazgos son confiables y qué modelos de sociedad son funcionales.

El respaldo externo deja de ser simbólico y se convierte en un factor decisivo. En elecciones cerradas, no siempre gana quien mejor comunica, sino quien mejor encaja en la arquitectura internacional que define el contexto del poder.

Y ahí está el quiebre: el poder ya no se define solo en las urnas. Se define en la capacidad de ser validado por el entorno geopolítico que condiciona el juego. Ese respaldo, además, no es automático. Es selectivo. Responde a afinidad ideológica, utilidad estratégica y alineación con prioridades de seguridad, migración y control del crimen transnacional.

La seguridad se consolida como el nuevo idioma del poder regional. La Coalición de las Américas contra los cárteles no es solo una iniciativa: es la confirmación de que el crimen organizado ha dejado de ser un problema interno para convertirse en una amenaza estructural del hemisferio.

El control de rutas, el tráfico de personas y las redes criminales redefinen la noción de soberanía. Hoy, un Estado no es fuerte por lo que declara, sino por lo que puede controlar y coordinar en un entorno sin fronteras reales para el crimen.

En ese tablero, la República Dominicana emerge como pieza estratégica del Caribe. Su relación con Washington ya no es solo diplomática: es un componente clave en seguridad, estabilidad y gobernabilidad regional.

Si esta tendencia se consolida bajo la presidencia de Donald Trump, las elecciones en América Latina dejarán de ser únicamente procesos democráticos internos para convertirse en señales de alineación dentro del nuevo orden global, porque en este tiempo político, la pregunta ya no es quién gana elecciones. La verdadera pregunta es quién es aceptado por el poder que realmente define el rumbo del mundo.

emargaritaeve@gmail.com

JPM
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