Destino de los terrícolas
Cuando las matracas cibernéticas se adjudicaron el derecho de incautar a la voluntad de los cerebros humanos, hubo un vuelco en la mentalidad de los terrícolas, ahora viviríamos enamorados de una chicharra electrónica que guardaríamos en el bolsillo, colgaría del cinto, yacería en un bolso, invadiría nuestra privacidad, mermaría nuestra capacidad de observación y acariciaríamos como si fueran las manos tibias de una novia. De la noche a la mañana nos convertiríamos en seres de respiración pulmonar que apenas nos llega oxígeno a los pulmones.
Nuestras playas se sumergen, nuestra noche se dilata en el basto pluriuniverso de las estrellas. Sabemos que somos humanos que poblamos la Tierra, mamíferos depredadores de una superior inteligencia. Nos autodestruimos mediante el instinto tenaz de continuar procreándonos bajo las circunstancias más extremas.
Apoyados en las más lamentables excusas, invadimos territorios que no nos pertenecen, tendemos la ropa en el cordel que le pertenece al vecino, codiciamos a la mujer del prójimo, esperamos que no nos amonesten por el agravio. Celebramos nuestro nacimiento tras el dolor de la madre, el grito del que nace.
Lamentamos la muerte, ausente de todo dolor, lo que nos salva de nuestras penas diarias. Provenimos de un universo violento, marginados por las catástrofes, los grandes impactos de asteroides, meteoritos, nuestras guerras internas en pos de izar la bandera del egoísmo. Si tal es nuestra suerte, no habría de que extrañnarse, a medida que nos soprepoblamos, nos destruimos, de modo que propiciemos un balance.
Creemos que en un futuro no muy lejano, en nuestro entorno reinarán los microbios, explotaremos como una estrella nova, nos convertiremos en una enana blanca o nos pareceremos a Venus, donde existe oxono no disponible y una atmósfera no propia para que prolifere la inteligencia terrícola.
La historia de la humanidad lo justifica, el espermatozoide dominante tras su lucha fratricida ultima a sus hermanos en busca de germinar al óvulo. Caín ultimó a su hermano Abel, la ciencia y la religión no sólo se respetan, se dan la mano, existen pruebas, testimonios de la existencia de Dios, de los milagros, y pruebas de que somos hijos de un universo violento, evolutivo, donde Dios ocupa un lugar preponderante y donde evoluciona también.
No habría de qué extrañarse , a medida que nos soprepoblamos, nos destruimos, de modo que propiciemos un balance, el intenso calor crea fuegos salvajes que se dispersan y destruyen las malas hierbas. Hemos encontrado oxono en Venus, sorpresa que nos podría facilitar la búsqueda de vida en otros planetas después de haber destruido al nuestro.
Lo que no detectaremos en la atmósfera de Venus, es la cura que nos salve del egoísmo humano, el cual nos ha destruido y eliminado del paisaje terrestre en apenas segundos del almanaque cósmico. ¿Será que el destino de los terrícolas depende de las fuerzas más ciegas de la violencia y el egoísmo, que propagarnos equivale a destruirnos, o que mientras más avanzamos en la escala del conocimiento, de un modo más grotesco nos comportamos?

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