Después de Venezuela: ¿laboratorio para dolarizar América Latina?

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EL AUTOR es comunicador. Reside en Santo Domingo.

Venezuela se ha convertido en algo más que un país en crisis: es hoy un territorio donde se cruzan ambiciones energéticas, tensiones geopolíticas y la disputa silenciosa por el futuro monetario del hemisferio. Su colapso institucional, sumado a sus vastas reservas de petróleo y minerales críticos, la coloca en el centro de una hipótesis que circula en ciertos análisis estratégicos: tras la salida del presidente de facto, Nicolás Maduro Moro, Estados Unidos podría colocar al país bajo un fideicomiso internacional.

Con la aplicación de una reinterpretación de la Doctrina Monroe —que algunos llaman “Doctrina Trump‑Monroe”— ese fideicomiso administraría la venta de los recursos naturales venezolanos con el fin de fortalecer el dólar, una moneda que enfrenta presiones crecientes. Déficits fiscales persistentes, tensiones geopolíticas y el avance del BRICS —que promueve acuerdos comerciales en monedas locales y alternativas al sistema dominado por Washington— han erosionado parte de su hegemonía. En este contexto, Venezuela aparece como un activo geoeconómico clave.

Donald Trump

América Latina, según esta lectura, se vería empujada a reconfigurar sus reservas internacionales, un proceso que recuerda el tránsito que vivió el sistema financiero global tras la ruptura de Bretton Woods en los años setenta. La idea sería avanzar hacia un esquema donde el dólar no solo funcione como moneda de reserva, sino también como moneda de circulación nacional en buena parte del continente.

Aquí surge una ironía histórica: el término “peso” proviene del antiguo peso de plata del Imperio español, cuyo famoso “real de a ocho” fue una de las primeras monedas internacionales y antecedente directo del dólar estadounidense. La región que alguna vez exportó su moneda al mundo podría terminar adoptando la moneda que hoy ordena el comercio global.

Bajo esta lógica, y con Estados Unidos como fideicomisario, los países que aún utilizan el “peso” —México, Argentina, Chile, Colombia, República Dominicana y Cuba— serían presionados a sustituirlo por el dólar. Con una dolarización generalizada, Washington consolidaría su esfera monetaria y limitaría la influencia financiera del BRICS en el hemisferio. Si antes la disputa era ideológica, hoy es monetaria. Y Venezuela, por su posición estratégica, se convierte en la llave de un posible reordenamiento hemisférico.

Una vez materializado este plan, ya no podría afirmarse que el dólar carece de respaldo: contaría indirectamente con los activos de los países latinoamericanos, administrados bajo la supervisión estadounidense. Esto permitiría a Estados Unidos seguir financiando su deuda soberana mediante la emisión monetaria, mientras los países industrializados continúan exigiendo garantías más sólidas como el oro.

Al final, lo que está en juego no es solo el destino de una moneda, sino el mapa del poder en el hemisferio. Si Venezuela se convierte en la puerta de entrada a una dolarización continental, América Latina podría despertar en un orden financiero donde la estabilidad se compra al precio de la autonomía. Ese es el dilema que nadie quiere nombrar: la región puede ganar calma monetaria, pero perder la capacidad de decidir su propio futuro.

En un mundo donde las potencias reescriben las reglas a su conveniencia, la pregunta ya no es quién controla el dólar, sino quién controla a quienes lo usan. Y esa respuesta definirá el siglo para este lado del continente.

jpm-am

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