De Mandela a Mujica: ¡cuánta grandeza!
Desde que leí su nombre –el de Nelson Mandela– en la prosa del poeta Benjamín Moloise se me grabo en el subconsciente. Luego, vino la solidaridad y el estudio sobre la historia de Sudáfrica y su capítulo más abominable: el Apartheid. De esa lucha nació y se hizo símbolo universal Nelson Mandela. Pero Mandela y Sudáfrica no sólo superaron el Apartheid, si no que, en el caso de Mandela, ya en el ejercicio del poder, hizo la transición de un régimen oprobioso e indigno (por segregacionista e injusto) a uno democrático y multiétnico; y encima, propició el perdón y algo más trascendente, no se obnubiló ni se encantó con el poder, al contrario, desoyendo canto de perpetuidad y gloria personal, se fue a su casa, despojado de oropeles oficiales y de las tentaciones del poder, cual simple ciudadano a escribir sus memorias y a reencontrarse con la cotidianidad, sus nietos, la naturaleza y el goce de la libertad que el Apartheid le privó por 27 años.
De José Mujica –ex presidente de Uruguay y ex guerrillero- que paso por el poder sin cambiar nada de sus convicciones políticas-ideológicas ni filosofía de vida, ¿qué decir? Nada que no sea a su favor, pues, si, en el poder y fuera de él, nadie ha osado acusarlo de corrupto ni de traficar con privilegios, habrá que concluir que, por lo menos Mujica pertenece a una especie rara –y muy probablemente extinguida- de político.
El paralelismo viene a cuento, a raíz de la actual coyuntura política-internacional en donde no ha quedado nada incólume desde la irrupción de Donald Trump–Ted Cruz Vs. Hillary-Sanders, la crisis política en Brasil, hasta los recién filtrados Papeles de Panamá que ha desnudado a supuestos pontífices de la ética, la filantropía y la transparencia internacional. E incluso, hasta la vitrina política-intelectual Mario Vargas Llosa ha salido a relucir en el destape, sin obviar su desmentido.
No obstante, si alguna moraleja queda -del espejo internacional actual- es que ya nada ni nadie está fuera del alcance del escrutinio público internacional y que, más tarde que temprano, la gente terminará enterándose de lo que hacen sus gobiernos, sus líderes e instituciones.
Es, por decirlo de alguna forma, que las nuevas plataformas de la comunicación global –internet, redes sociales y el periodismo de investigación y divulgación de información de “Estado”, “secreta” o “no oficial- han puesto al alcance de los ciudadanos el saber hasta dónde puede llegar el pudor, los escrúpulos y la doble moral de los países, los organismos internacionales, los líderes -de todas índoles- y, de paso, también de los afamados filántropos.
Sin embargo, y lamentablemente, de todos esos actores globales el que está en el ojo del huracán –y desde hace tiempo-, por su rol-papel histórico-político, pero más que ello por su responsabilidad ética-social, y si se quiere, de representación simbólica-país, es aquel líder político que, en una determinada coyuntura o por algún tiempo, ostenta –por elección libérrima de su pueblo- la representación y la defensa de los intereses nacionales.
Ése líder político nacional-universal, si quisiera, tiene en Mandela y en Mujica a dos estandartes-modelos para inspirarse, librarse de tentaciones y evitar salir del poder por la puerta de atrás…, porque -como dijo el uruguayo- “A los que les gusta mucho la plata hay que correrlos de la política”.

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