Cuando los medios dejan de cubrir y empiezan a encubrir

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El autor es comunicador. Reside en Nueva York

POR LUIS M. GUZMAN

El periodismo existe para incomodar al poder, no para servirle de colchón. Sin embargo, una parte creciente del ecosistema mediático ha abandonado esa función. Cuando una noticia amenaza intereses económicos, políticos o institucionales sensibles, no se investiga hasta el fondo. Se gestiona. Se presenta incompleta, desarmada, convertida en ruido. La verdad no se prohíbe, se mantiene bajo custodia.

En la República Dominicana, este fenómeno se ha normalizado. Los grandes temas estructurales —contratos públicos, endeudamiento, concesiones, energía, turismo, seguros— se cubren como hechos aislados, nunca como sistemas de poder. Se informa lo visible, pero se oculta la arquitectura que lo sostiene. El ciudadano cree estar informado cuando, en realidad, ha sido cuidadosamente desorientado.

A esta práctica se le puede llamar zona gris informativa. Se publica sin explicar, se opina sin investigar y se repite sin verificar. La noticia existe, pero su significado se diluye hasta volverse irrelevante. En países pequeños, donde medios, política y negocios conviven estrechamente, esta técnica resulta especialmente útil para preservar equilibrios incómodos que nadie quiere romper abiertamente.

El cuadro se completa cuando, por radio o televisión, aparecen estos personeros a indignarse de forma permanente. Teatralizan supuestas posturas críticas mientras reproducen exactamente la narrativa que dicen cuestionar. No informan, administran percepción. Convierten la manipulación en espectáculo y el ruido constante en sustituto de la verificación y del trabajo periodístico real.

Actores interesados

Muchos de estos comunicadores no son observadores independientes. Son actores interesados. Dependen de partidos, gobiernos, instituciones públicas o empresas privadas. Algunos lo hacen de forma abierta; otros con mayor sutileza. Pero el resultado es el mismo,!jg defienden con vehemencia aquello de lo que dependen. La opinión no es libre; es funcional a intereses concretos.

Este modelo transforma amplios espacios mediáticos en extensiones informales del poder. No se investiga al patrocinador ni se incomoda al aliado. Se editorializa la realidad para proteger posiciones adquiridas. El periodismo se diluye en propaganda blanda y, cuando todos opinan sin rendir cuentas, la verdad pierde peso frente al volumen y la repetición.

Estados Unidos ofrece un espejo útil. Allí, el dinero captura la política y los grandes medios desplazan el debate hacia lo cultural para evitar seguir el rastro del financiamiento. En Dominicana, la lógica se replica a escala, se discuten nombres y escándalos, pero no los mecanismos que los producen. El sistema permanece intacto.

El endeudamiento público ilustra bien esta dinámica. Se anuncian cifras, pero no se explica quién decide, bajo qué condiciones y quién pagará. Lo mismo ocurre con acuerdos de largo plazo que amarran al país por décadas. La cobertura se detiene en el titular; el seguimiento desaparece cuando llegan las consecuencias.

En este contexto cobra sentido una frase que circula con fuerza, “si no lees, no estás informado; pero si lees, estás desinformado”. No es una invitación a la ignorancia, sino una crítica al sistema informativo. La desinformación moderna no nace del silencio, sino de la información administrada y cuidadosamente encuadrada.

Cuando alguien intenta romper estos consensos, el castigo suele ser inmediato. Se le desacredita, se le reduce a caricatura o se le silencia por saturación. No hace falta mentir, basta con repetir una versión incompleta hasta convertirla en verdad aceptada. La radio, por su presencia diaria, resulta especialmente eficaz para esa tarea.

Parte del problema es que muchas redacciones y espacios de opinión operan dentro de ecosistemas de dependencia. Publicidad, acceso, favores y cercanía al poder imponen límites invisibles. No siempre por órdenes explícitas, sino por autocensura aprendida. Se sabe, sin que nadie lo diga, hasta dónde se puede llegar.

Cuando los medios dejan de cubrir para empezar a encubrir, y cuando la opinión reemplaza a la investigación, la verdad queda secuestrada. Recuperar el periodismo exige menos comentaristas y más reporteros; menos dependencia y más distancia del poder. Sin eso, no hay información, solo relato al servicio de intereses.

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