¿Cómo estás?, ¿cómo te sientes?
El pasado fin de semana recordé mucho a mi amigo fallecido don David Cambero. Cuando lo llamaba por teléfono o nos encontrábamos, solía preguntarle: -¿Cómo está, don David? Su respuesta a mi pregunta siempre fue la misma: -“¡Maravillosamente bien!”, aun cuando sabía que padecía una enfermedad terminal y le quedaban pocos días de vida.
A mi amigo, don David Cambero, nunca lo vi amargado. Ni siquiera cuando cerró el Banco Universal y solo pudo recuperar medio millón de pesos, de los más de 10 millones que llegó a depositar en dicho banco, producto de los muchos años que trabajó duramente en Estados Unidos, antes de regresar al país jubilado y encanecido.
Las razones de su actitud era que don David podía tener mucha edad, pero nunca se consideró un viejo y mantuvo su jovialidad hasta el último día de su vida. A causa de su edad se produjo degeneración maligna de las células de algunos de sus órganos, pero eso nunca se asoció a un deterioro de su espíritu.
Mientras vivió, mi amigo don David Cambero, no dejó de estudiar ni un solo día su Guía de Estudio de la Biblia y siempre estuvo al tanto de las nuevas tecnologías. Mantuvo la buena disposición de enseñar lo que sabía y de seguir aprendiendo más cada día.
Don David Cambero comenzaba el día ejercitándose en el Parque Mirador y un par de horas después regresaba a su casa y pasaba el resto del día realizando diferentes actividades. Su agenda estaba llena obligaciones para cumplir cada día y de proyectos para ejecutar en el mañana; ni una de sus páginas estaba en blanco. No perdía el tiempo pensando en el pasado desagradable o con algunas sombras.
Llevaba una vida activa, cargada de proyectos y plena de esperanzas. Consideraba que el tiempo pasaba con demasiada rapidez, a pesar de lo cual la vejez nunca llegaba. Las horas de sus días siempre corrían, pero no le impedían realizar las muchas cosas que se proponía.
Sus canas y sus arrugas se le veían muy bien, porque eran marcadas por sus frecuentes sonrisas. Nunca las afeó una amargura.
Aun muy enfermo, don David Cambero trataba de renovarse con el comienzo de cada día, sin detenerse a pensar que ese podía ser el último día de su vida. Ponía su vista en el horizonte, por donde sale el sol y permitía que sus rayos iluminaran sus esperanzas. No dejaba ningún espacio en su vida para las sombras del ayer.
Mi amigo don David Cambero vivió una dualidad, porque si bien era innegable que había visto pasar muchos años del calendario, su corazón y su espíritu se mantuvieron siempre jóvenes. Por eso murió un día sin llegar a ser viejo.
Todas estas remembranzas me han venido a la memoria, en razón de que ayer llamé por teléfono a mi amigo Oscar Lalane, que vive en Orlando, para felicitarlo por su cumpleaños 75 y cuando le pregunté: ¿Cómo estás? Me respondió igual que como lo hacía don David Cambero: “¡Maravillosamente bien!”
jpm

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