Batalla de La Limonada: siglo de miseria y religión

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EL AUTOR es abogado. Reside en Santo Domingo.

La Batalla de Sabana Real o de La Limonada, librada el 21 de enero de 1691 (hace ahora 335 años), fue terrestre y naval. Está clasificada en los acontecimientos fastos del ayer colonial de la isla La Española como uno de los hechos de armas más significativos de esta tierra bañada por el mar Caribe. En ese lugar murieron cientos de combatientes franceses, incluyendo sus principales gerifaltes, y unas cuantas docenas de criollos dominicanos que lucharon bajo el pabellón colonial español.

El resultado favorable para la parte oriental de La Española no fue una panacea, pero marcó un nuevo rumbo y rompió la modorra que abatía a la población. Trascendió la insularidad, como lo demostró el historiador Emilio Rodríguez Demorizi al publicar un breve ensayo informando que la poetisa mexicana Sor Juana Inés de la Cruz se inspiró con viva alegría para resaltar el triunfo de los criollos dominicanos en dicha batalla. (Sor Juana Inés y la victoria dominicana de 1691. LD.30-1-1938. ERD).

El análisis histórico permite decir que fueron muchos los motivos para que ese choque armado se produjera; pero el antecedente más cercano, y tal vez el culmen, fue la invasión que con más de mil hombres hizo meses antes a la ciudad de Santiago de los Caballeros el gobernador colonial de la parte francesa Pierre-Paul Tarín de Cussy, cometiendo allí múltiples abusos contra su población indefensa.

Un acontecimiento de esa magnitud no puede examinarse eficazmente fuera del contexto en que se produjo. Es necesario situarse en la época en que ocurrió. Era la década final del llamado “el siglo de la miseria”, así definido por la cantidad de vicisitudes sufridas por los habitantes de la segunda isla en tamaño del archipiélago antillano, compartida por dos pueblos sin afinidades entre ellos.

Haciendo una breve cronología de las desgracias ocurridas aquí en el aludido siglo XVII debo señalar que uno de los hechos más negativos (como si fuera el primer desplazamiento del Leviatán, la bestia marina descrita en el libro bíblico Génesis) comenzó en el 1605, con las despoblaciones de gran parte de la franja norte, ejecutadas por el gobernador colonial Antonio de Osorio, cumpliendo órdenes de la Corona Española.

Esa decisión tuvo un impacto negativo: económico, social, político y geográfico. Facilitó que las autoridades francesas y piratas, bucaneros y corsos de diversas nacionalidades que merodeaban por la zona se aprovecharan del territorio que hoy es la República Dominicana. A lo que agrego que en dicha centuria hubo en esta parte del Caribe cuatro terribles huracanes en los años 1615, 1642, 1666 y 1680. Amén de tres terremotos: en 1673, 1684 y 1691.

Entre el 23 y el 30 de abril de 1655 se produjo aquí la invasión inglesa dirigida por el almirante William Penn y el general Robert Venables, cumpliendo órdenes del dictador Oliver Cromwell. Además, en el 1666 varias epidemias de viruela, etc. redujeron la población. Al decir de Antonio Sánchez Valverde, en sus conocidas notas históricas, dichas afecciones “no dejaron manos que cultivasen la tierra”.

Esas y otras situaciones del siglo XVII fueron antecedentes claves para comprender el por qué sobrevino la Batalla de La Limonada, y las consecuencias que de ella se desprendieron. Con relación a lo anterior el sacerdote, político e historiador Carlos Rafael Nouel Pierret escribió, en su obra titulada Historia Eclesiástica, que:

“El comercio con las naciones vecinas y aún con la misma España había decaído de un modo extraordinario. Ya no se veían surcar en las aguas de La Española las naves que en otro tiempo le daban animación y vida…la despoblación de los campos había dado muerte a la agricultura que estaba limitada a la escasa producción de los frutos más necesarios para el consumo interior, la industria pecuaria recibía graves daños…” Agregando más adelante dicho autor que “tantas desgracias acumuladas sobre la colonia la llevaban a pasos agigantados hacia su total ruina”. (Ibídem.Vol.1 Pp284 y 285).

En La Limonada los franceses, que cumplían órdenes trasatlánticas del rey Luis XIV, fueron dirigidos por el entonces gobernador de la parte occidental de La Española Pierre-Paul Tarín de Cussy y por el teniente general Fransquenay. Los dos murieron combatiendo. En la práctica la carga de la victoria la llevaron a cabo, a machete y sangre, voluntarios lanceros provenientes de Higüey y de El Seibo.

Por el lado español los principales jefes militares fueron Francisco de Segura Sandoval (que había sido gobernador colonial y presidente de la Real Audiencia de Santo Domingo); José Márquez Calderón, Antonio Miniel y José Félix Robles. Las órdenes fueron impartidas desde el otro lado del Atlántico por el rey español Carlos II al gobernador y capitán general almirante Ignacio Pérez Cobo y este a ellos.

El capuchino Fray Cipriano de Utrera, con datos del Archivo General de Indias (Sevilla), señala que en los dos referidos pueblos estaba la mayor cantidad de expertos usando el machete, redondeando su información así: “Al este de Higüey se hallaban las más notables y ricas porciones de terreno llamado de montería”. (Dilucidaciones históricas, tomo I.P192, citado por Vetilio Alfau Durán).

Aunque algunos historiadores y publicistas han escrito sobre lo que supuso como empuje imperial circunstancial para España la victoria en La Limonada, todavía faltan por conocerse muchos detalles interiores de la misma. El citado Sánchez Valverde, en su obra titulada Idea del valor de la Isla Española, describe parte de lo que ocurrió en la Limonada (Editora Nacional, 1971.Pp 123 y siguientes).

Del rey español que autorizó la Batalla de La Limonada dijo el historiador Manuel A. Peña Batlle, que: “España, bajo la triste directiva del último de los Austrias, el inepto Carlos II, atravesaba un triste período de postración, mientras la Francia de Luis XIV llegaba a la cumbre de su poderío y de su influencia”. (La isla de la Tortuga. Editora Santo Domingo, 1974. P.253).

   Creencia religiosa

La parte religiosa dedicada a esa batalla radica en que según la tradición los voluntarios lanceros higüeyanos se encomendaron a la protección de la virgen de la Altagracia cuando comenzaron los combates, lo que impulsó su decisión de vencer. Al ser materia abonada a la especulación, mezclada con el triunfo armado, se da por válida dicha creencia.

Es por ello que a partir del 21 de enero de 1692 en el santoral católico dominicano se dedica ese día a rendir culto a la virgen María, con su advocación de Altagracia, en la ciudad de Higüey. Crónicas del pasado describen que durante años el machete redentor con el cual un lancero higüeyano anónimo cortó la cabeza del gobernador de Cussy estuvo en un costado de la imagen del sagrado lienzo, desapareciendo de allí con la invasión haitiana de 1822.

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