¡Auméntanos la fe!
El pasado 3 de julio celebramos la Fiesta de Santo Tomas. Recordemos el hecho famoso de este Apóstol donde se evidenció su poca fe ante Jesús resucitado y aquella felicitación de nuestro Señor extensiva a todos los que creen en El y no ven. Dice San Juan (Jn. 20, 24) «En la primera aparición de Jesús resucitado a sus apóstoles no estaba con ellos Tomás. Los discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». El les contestó: «si no veo en sus manos los agujeros de los clavos, y si no meto mis dedos en los agujeros sus clavos, y no meto mi mano en la herida de su costado, no creeré». Ocho días después estaban los discípulos reunidos y Tomás con ellos. Se presentó Jesús y dijo a Tomás: «Acerca tu ded aquí tienes mis manos. Trae tu mano y métela en la herida de mi costado, y no seas incrédulo sino creyente». Tomás le contestó: «Señor mío y Dios mío». Jesús le dij «Has creído porque me has visto. Dichosos los que creen sin ver». Es interesante que nos percatemos de algunos detalles de esta narración: es posible que ante la gran tristeza que le embargaba la muerte de su amigo Jesús, Tomas se haya apartado para llorar su pena en soledad. De manera que cuando Jesús se apareció la primera vez, Tomás no estaba con los demás apóstoles. Y cuando los otros le contaron que el Señor había resucitado, aquella noticia le pareció una inmensa utopía para que fuera cierta. Su error fue el apartarse del grupo. Nadie está peor informado que el que está ausente. Separarse del grupo de los creyentes es exponerse a graves fallas y dudas de fe. Pero él tenía una gran cualidad: se negaba a creer sin más ni más, sin estar convencido, y a decir que sí creía, lo que en realidad no creía. No era de esos que repiten automáticamente lo que jamás han pensado y en lo que no creen. Quería estar seguro de su fe. Y Tomás tenía otra virtud: que cuando se convencía de sus creencias las seguía hasta el final, con todas sus consecuencias. Por eso hizo esta bellísima profesión de fe «Señor mío y Dios mío», y por eso se fue después a propagar el evangelio llegando según nos cuenta la Tradición hasta Persia y la India, hasta morir martirizado por proclamar su fe en Jesucristo resucitado. Podríamos concluir que su incredulidad fue provechosa para nosotros, ya que fue un signo de que Jesús resucitó verdaderamente, confirmando una vez más nuestra fe. Hagamos nuestra esta bella oración: “Señor, auméntanos la fe y enséñanos a convertir nuestro corazón, repitiendo a diario la respuesta de Tomás: “Señor mío y Dios mío”. leonor.asilis@gmail.com

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