¿A qué aspiramos?
Me niego a mí mismo sino reitero que, en varios garabatos de estos que escribo -por años-, he sostenido, sistemáticamente, una interrogante-crítica: ¿crisis de los partidos políticos o de sus cúpulas? Y siempre me dí la misma respuesta o llegué a la misma conclusión: crisis de sus cúpulas-gerencias.
Y tal conclusión, me parece lógica por varias razones: a) porque si el sistema de partidos está en crisis y no ha sido el producto exclusivo del desgaste histórico-cultural de esas formaciones sociopolíticas, pues, ante de surgir el fenómeno político outsider –Trump–Macron–Bolsonaro-, ya el descrédito de la clase política era universal y el hartazgo ciudadano era más que ostensible, b) Es ése descrédito universal -de la clase política- que ha terminado erosionando a los partidos y no al contrario, pues es harto sabido que los partidos son lo que sus líderes deciden, y no pocos, de esos líderes, han terminado presos, desacreditados o terminando con sus vidas ante la deshonora pública o el encausamiento judicial incriminatorio; y c) con la irrupción de la internet y las redes sociales los actores políticos -y otros- han quedados expuestos al escrutinio público y vía esa ventana o periódico-universal instantáneo ya nadie queda fuera de esa lupa que igual informa, desinforma, y refugio de delincuencia cibernética.
Sin embargo y a pesar del cuadro anterior, los partidos siguen siendo referentes-electorales y solo hace algunos meses vimos como, sin ser elecciones nacionales, celebraron procesos de primarias -abiertas-cerradas- y otras modalidades de elección -a los puestos públicos- donde participó alrededor del 40%-30% de sus membresías y ciudadanos independientes -otrora “Masa silente”- identificados con esos “aparatos”, bajo la sombrilla de la nueva ley -33-18- de Partidos, Agrupaciones y Movimientos Políticos.
Traje todo a cuento, porque ahora resulta que dirigentes, líderes políticos y sus baterías mediáticas (entre ellos periodistas, jurisconsultos, etc.), por múltiples razones (para justificar las derrotas internas de sus candidatos preferidos o, que hace tiempo son tránsfugas recurrentes) quieren vender la idea de que las próximas elecciones nacionales serán certámenes de figuras y no de partidos o instituciones. ¡Vaya simplismo y conveniencia!
Pero, porque no hacen el ejercicio de preguntarse: ¿De dónde le viene el descredito a los partidos? ¿Quiénes están más desacreditados –universalmente-: sus líderes-cúpulas o sus organizaciones políticas? ¿Por qué hubo consenso, en la clase política, respecto a que ellos –sus líderes-jerarquías- no podían regentear procesos eleccionarios internos y que había que aprobar sendas leyes, aún con fallas, sobre Régimen de Garantía Electoral y de Partidos Políticos?
En consecuencia, el gran desafío de la sociedad dominicana – ¡hoy!- es: si aspiramos a fortalecer y promover instituciones y políticas públicas inclusivas o, a figuras predestinadas (caudillismo-presidencialismo-
JPM

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