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La obtención de una baja votación por parte del Partido Revolucionario Moderno, no garantiza que se orqueste un gran frente opositor con miras a las elecciones del venidero año.
La caída del Guapo de Gurabo no es sinónimo de unidad.
Para poder dar vida a ese frente se necesita un grupo mayoritario aplastante, para que todos sepan que se tienen que aglutinar en torno a la bandera del que más gente tiene.
En esta convención recién transcurrida, Luis Abinader y el Partido Revolucionario Moderno no dieron una gran demostración de fuerzas, si comparamos los votos que se emitieron con el padrón que se entregó a la prensa.
El gran golpe de músculo de Luis fue aplastar a Hipólito Mejia, pero el ex-presidente no era obstáculo central para conformar un frente unitario-opositor.
Hipólito tenía y tiene sus salidas, pero en política eso puede ser secundario e insignificante.
Todavía con esos desplantes, Hipólito llevó recién al Partido Revolucionario Dominicano a estar en la casilla número uno, ganando el Partido de la Liberación Dominicana las elecciones por el apoyo de los llamados partidos minoritarios o emergentes.
Hipólito es un señor del pasado y ya tenía que ser jubilado políticamente.
Debe jugar su rol de expresidente, esfumarse de la vida pública y ponerse a escribir sus memorias. Los viejos robles son un obstáculo a la marcha de la democracia de los partidos políticos donde se cobijan.
La unidad de la oposición no se da, porque todos los partidos y sus líderes quieren encabezar el movimiento y ser el candidato presidencial. Nadie plantea vamos a reunirnos, sin la imposición de un candidato para escoger uno de común acuerdo.
Abinader plantea unidad, pero siendo él candidato. Lo mismo de siempre.
La euforia de la derrota de Hipólito, el más poderoso de los viejos robles, debe abrir camino a la juventud, y sacar de circulación a los que ya hoy no tienen fuerzas para la lucha, sino vender la ilusión de lo que fueron ayer.
Abinader es el producto que más lejos ha llegado forjado por la Sociedad Civil y los neo-liberales. Desde ya es el candidato de la maquinaria productiva, de los industriales, los inversionistas, que prepararon un político joven de su derredor, mecido en cuna de abolengo y olor a dinero, no nacido en las lomas de Gurabo, en Villa Juana, en la zona fronteriza, o de las manchas de la sangre derramada en la matanza de los haitianos.
Derrotó al Bravo de Gurabo, y eso tiene el mayor peso político para transformarlo en candidato presidencial de pelea. Hoy hay que felicitar a Abinader, por sepultar una Era, pero habrá de ver si tiene los pantalones para cincelar con mano firme su nombre en la historia que se está escribiendo hoy.
Ahora le toca abrir trochas donde están los hijos de machepa, los de pie descalzos, vestimentas raídas y grajo que desmaya. Este baile es sin saco, sin corbata, sin pañuelos en las narices y alcohol para la desinfección de las manos.
jpm
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