El pasado fin de semana fue doloroso.
Sus horas se tornaron largas, tediosas y funestas.
El ambiente se arropó con un luctuoso manto para marcarnos a todos con el dardo de la tristeza.
La madre naturaleza iracunda ante el pertinaz, irreflexivo y demoledor accionar de quienes frecuentemente malogran sus encantos, pareció invitarnos a no olvidar la prudencia y la sensatez.
El rastro dejado es angustioso y lacerante, dejando una pesarosa moraleja que obliga a asumir la realidad nacional con una mayor responsabilidad colectiva, alejada de la manila demagogia y la inútil teatralidad de un modelo de gobernanza que luce estar cimentado, esencialmente, en la falacia y la sonoridad.
No ha de olvidarse que hace un año, fue esa misma naturaleza, arquitecto prodigioso, la que nos permitió el tiempo prudente para aprender lo necesario y desgraciadamente, no logramos asimilar la lección.
Lamentablemente, ahora surge el clamor y corren las lágrimas que genera la tragedia que envuelve a seres humanos valiosos a quienes no hemos respetado su derecho a la existencia.
Tendemos a olvidar que las fuertes corrientes de agua generadas por los torrenciales aguaceros reflejan siempre ser despiadadas al momento de inundar y destrozar los ranchos y ajuares de aquellos condenados a subsistir abrazados a la más espantosa pobreza.
La pesarosa experiencia que hoy nos toca volver a vivir obliga a ser superada sin enmarcarnos en los límites del suplicio y las lamentaciones y mucho menos en el cuestionable ejercicio de las acusaciones sin sentido.
Penosamente, tendremos que aprender de la tragedia y ser cada día más cautelosos, ponderados y sistemáticos al momento de evaluar nuestras infraestructuras viales y edificaciones en procura de evitar situaciones dantescas y desgarradoras como la recientemente registrada en la capital dominicana y en varios puntos de la geografía nacional.
No es hora de pretender buscarle “la quinta pata al gato” y mucho menos, recurrir al “dime y diretes” tan frecuente entre los artífices de los mentideros del folclorismo politiquero criollo.
Ya basta de excusas e improvisaciones que poco aportan al vivir cotidiano con seguridad en nuestra sociedad.
Heridos por el inmenso dolor que destruye el alma humana, sin obviar lo fatalmente ocurrido con nuestros coterráneos, víctimas del infortunio, es importante tener en consideración que el precepto del momento consiste en planificar y prever, hasta donde sea posible, ante la reedición de otros fenómenos naturales tan despiadados y funestos como el recientemente ocurrido en el país.
Hoy, más que nunca, el sentido común y la racionalidad obliga a aplicar, como norma de convivencia y respeto a la vida humana, el mandato de la máxima popular que subraya: “Siempre vale más precaver que tener que lamentar…”
Ojalá así se asimile por el bien de todos..!!
jpm-am

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