Con la llegada de Juan Rodríguez, considerado el primer dominicano que arribó en 1613 a Fuerte Ámsterdam, hoy Manhattan, doce años antes de que en 1625 se estableciera un asentamiento formal en la actual Nueva York, los quisqueyanos comenzamos a dar signos de buenos emprendedores y de que no nos amilanamos ante los retos que entrañan algunas dificultades o peligros, en ánimo de conseguir nuestros objetivos.
Rodríguez, sin proponérselo, dio a nuestra comunidad el privilegio de ser la primera del Caribe en asentarse y comercializar con los nativos de esta incipiente ciudad, primacía que demuele todos los protervos epítetos que sobre nosotros se profesaron en el pasado, promovidos por sectores que quisieron detener nuestro vertiginoso avance como pujante comunidad.
Al día de hoy, siguiendo el ejemplo de nuestro predecesor, la comunidad dominicana ha ido fortaleciéndose y creando sectores económicos de primer orden para el desarrollo económico, político, social y cultural de los Estados Unidos, específicamente en Nueva York, Nueva Jersey, Connecticut, Boston, Pennsylvania, Florida, Puerto Rico y otros estados de la unión americana en donde, si bien no somos numerosos, mantenemos un crecimiento constante en cifras.
Sin embargo, a pesar de constituir una fuerza económica y numérica considerable, en algunas regiones carecemos de la representación política que proporcionalmente nos merecemos, en función de los dos aspectos que mencionamos y que son elementos fundamentales para incidir y lograr conquistas sociales en cualquier colectividad.
Las causas, motivos, razones o circunstancias que impiden el pleno desarrollo político de la comunidad dominicana son infinitas. No vale mencionarlas en este momento, pues todos sabemos cuáles son. Ahora bien, sí es propicio valorar la iniciativa puesta en práctica recientemente por el cónsul dominicano Eduardo Selman Hasbún, que tiene como finalidad unificar la diáspora.
El Consejo de Apoyo a la Comunidad Dominicana es una iniciativa seria e incluyente que tiene como objetivo básico beneficiar a la diáspora dominicana y, aparte de eso, unificar en una agenda comunitaria los criterios y voluntades de todas las organizaciones representativas así como de personalidades, sectores económicos y oficiales electos dominicanos.
Una obra queda consumada cuando se cumplen los objetivos propuestos. Si finalmente se logra unificar a nuestra comunidad con este esfuerzo, le rendiremos tributo al primer dominicano en llegar a los Estados Unidos, y de la misma manera conseguiríamos el espacio político que nos corresponde y que nos hemos ganado como comunidad emprendedora, pero hasta el momento, por nuestra disgregación exteriorizada, nos hemos limitado.
sp-am

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