Talvez motivado por lo excesivo del mundo o porque fuera un reaccionario larvado, Baltasar Gracián escribió una obra que valoran devotamente, conmovidos, los conservadores de oficio, cada vez más amenazantes.
Gracián llegó a creer, sin demostrarlo plenamente, que la prudencia es un arte. Parecido criterio violento le merecen esos conflictos a Sun Tzu, el militar chino, cuyo tratado subsumido en ´´El Arte de la Guerra´´ -escrito hace más de 2 mil años-, es talvez el primer libro sobre psicología humana.
Mezcla, además, de manera admirable, la milicia con la filosofía oriental, en un clima de destacada seguridad personal y confianza enorme en resultados debidamente calculados, con métodos cuasi perfectos.
(Se ha planteado, creíblemente, que el ser humano se guerrea con los de su propia especie porque es uno de los pocos animales que no tienen depredadores).
Pero ¿puede el acto de matar convertirse en un arte por más refinadamente que se ejecute? Para muchos, Napoleón era un genio porque dominaba ese ´´arte´´ casi a la perfección y fue proyectado de ese modo por una potencia en ciernes como Francia, que le debe tanto.
Al mismo tiempo, se le puede situar como un codicioso sin límites y un criminal de guerra ya que entregó a gente inocente-en número de cinco mil mamelucos- a sus soldados para que los masacraran sin razón en un Egipto pacífico y casi desarmado que él invadió para saquear sus tesoros.
Por demás, Napoleón es uno de los grandes imprudentes que, de no serlo hubiera sido talvez un oscuro y desconocido oficial corso, no un emperador francés.
¿Puede ser la prudencia, llamada a veces cobardía, talvez injustamente, llegar a ser algún día una de las bellas artes?
«El arte de la prudencia», de Gracián se puede en verdad aplicar eficazmente en unos casos.
En otros puede tener resultados difíciles de aplaudir. Depende de a qué llamamos prudencia, a qué retraimiento y a qué imprudencia inversa, para decirlo de algún modo. Claramente, los imprudentes, y es lo que aquí se quiere demostrar sin la necesidad de denostar al equivocado Gracián, desde el tal Moisés, pasando por el Cristo, hasta Simón Bolívar y el Che, han cambiado el mundo.
Los prudentes y los muy prudentes o se han beneficiado de sus imprudencias y simplemente, en medio de las crisis, han mirado para otro lado, se han desentendido y se han quedado en sus mecedoras meciendo a los nietos y rezando el Padrenuestro.
Algunas de las locuras de ciertos imprudentes han salvado al mundo. Otras lo han puesto sobre las cuerdas.
JPM/of-am


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