Recordad el “Cuesta abajo” de Gardel
La tarea de comunicar en todas sus áreas se hace siempre penoso luego de una ausencia. Es como una máquina que se ha detenido, que se ha acomodado un poco a la inercia de los días sin función, y que se enfrenta a la fuerza combustible que hombrea sobre las palancas y los émbolos. Una especia de laxitud ha invadido todo el sistema, a la que es necesario vencer previamente como muralla de resistencia que se opone al movimiento.
Pero (este si vale) obliga. Y también un cierto deber de comunión para con el número invisible de los que leen lo escrito. Así se despereza y trata de coordinarse el pensamiento. Hay que decir algo. Pero algo con sentido; edificante. ¡Qué carga tan pesada en la honradez mental! ¡Lo fácil que sería salir del paso con unas cuantas trivialidades más o menos hilvanadas! Y sin embargo, no se pude. Como inflexible juez puritano, la conciencia se planta en medio y no acepta la otra cosa, bien o mal dicha, que no responda a una convicción interior.
Porque hay muchas maneras de escribir. Lo de la gramática y la sintaxis, desde luego, se da por sentado. O quizás sería más correcto decir “sabido”. Escribir sobre esto o aquello; o lo de más allá. Cuestión de estilo, tal vez de práctica. ¡Ah, pero ponerse un detrás de lo que escribe!… Es diferente. Es cómo la posición del comentarista que se margina de la corriente central y escoge como tema las clavellinas de la orilla. Ese está siempre en la quietud del remanso, donde no le tocan las salpicaduras del oleaje.
Hay también quien escribe después de haberse mojado el dedo en la boca y alzándolo al aire para ver de qué lado sopla el viento. Una vez hallada la dirección, ya sabe cómo orientar sus cuartillas o comentarios. Este es una especie de oteador del tiempo que utiliza la pluma o sus comentarios en radio o televisión como póliza de seguros contra accidentes. Mayobanex Santana de los cuales hay muchos en Buena Vista.
Como dice el libro de Eclesiastés, para todo hay tiempo en la viña del Señor. Tiempo de trabajar; tiempo de descansar. Tiempo de sembrar; tiempo de recoger. Tiempo de reír; tiempo de llorar. Tiempo de ganar; tiempo de perder… y acaso podríamos añadir al texto sagrado, tiempo de escribir; tiempo de no escribir. Porque hay tiempos en que uno quisiera mejor guardar silencio (¡que probablemente sería más elocuente!), en que el escribir resulta ocupación demasiado ingrata.
Y ¿se logra al fin? La comunión lo es todo. La transmisión del pensamiento. No a la manera del que realiza una suerte mesmerista, sino del que tiene la fortuna de que su mensaje llegue a su destino. Ahí es donde está la cosa.
Otra manera de escribir es la que practicó el escrito apocalíptico en tiempos de la gran persecución. “El que lee entienda”, intercala a ratos. Porque deliberadamente se propuso que su recado pasara incognito hasta alcanzar únicamente a los entendimientos avisados. No otra cosa le interesaba. Hay ondas sonoras que no todos los oídos pueden captar, y él quiso escoger una de esas ondas. Cosa de los tiempos.
Ya ello es síntoma bien elocuente. Si se advierte, basta. Toda la energía puede emplearse entonces en hacer sintaxis. Que, después de todo, no es arte al alcance de cualquiera, y tiene también su enjundia y su galanura. La realidad, por ejemplo. Es móvil. Es siempre móvil. ¿Podrá el pensamiento detenerla? Jamás. A lo sumo, poder aquí y allá verdades que, como señales de caminos, indiquen dónde está la curva, dónde el abismo, dónde el peligro. Lo cual llena la cuota del deber.
Pero la realidad sigue su curso. Como la Historia. Unas veces hacia arriba, en busca de cumbres; otras en descenso, cuesta abajo, en forma que sólo el impacto contra las rocas del fondo la detiene. Y entonces toma otro curso.
JPM

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