Meditemos hoy la Parábola del Buen Samaritano.
Excelente ejemplo usado por Jesús para enseñarnos a amar. «Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje, llegó a donde estaba él y, al verlo, le dio lástima, se le acercó, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó.
Al día siguiente, sacó dos denarios y, dándoselos al posadero, le dijo: «Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta.» ¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?» Amar es dedicación y entrega. Amar es un verbo que invita a la acción. El buen samaritano es quien se acerca al hombre herido. Esta es la primera pauta para aprender a amar: -Acercarnos al hermano sufriente.
Sigamos con el texto, » le vendó las heridas». Es decir, hacer lo que sabemos hacer y lo que podamos dentro de nuestras posibilidades. Luego, dice el Evangelio que lo llevó a la posada para que lo atendieran. Detengámonos acá. Vemos como el Samaritano pone al herido en manos de aquellas personas que podían ayudarlo mejor que él para que se repusiera totalmente y además de hacerse cargo de los gastos, prometió volver para visitarlo.
Es preciosa la explicación dada en este punto por un autor que compara la posada con aquellos organismos que acogen a los menesterosos, poniendo de ejemplo a la Iglesia, la cual debe ser esta casa acogedora, en donde es posible rehabilitarse como persona. Así también nosotros, miembros vivos de la Iglesia, debemos estar abiertos a todos, reconociendo el significado prójimo que quiere decir próximo! Es decir, cercano, jamás lejano. Imitemos al samaritano que supo dejarse mover por la compasión y ser solidario. Es decir, sentir empatia. Sentir que «lo que a ti te pasa, a mí me importa», que yo me uno a tu sufrimiento y lo asumo como mío, que soy capaz de ponerme en tu lugar y ayudarte a salir de donde te encuentras.
La pregunta que debemos hacernos: ¿Soy solidario, o paso de largo ante el sufrimiento del otro? Termino con esta frase de San Agustín: ¡Ama y haz lo que quieras!

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