El pasado mes de noviembre, cuando César batallaba como un gladiador contra su enfermedad, publiqué una carta donde le expresaba mis consideraciones y mi apoyo en ese difícil momento. Hoy que se ha marchado de manera definitiva, quiero reproducir los prinicipales párrafos de aquella carta, la cual sigue teniendo la misma validez en cuanto al respeto y consideración para su vida y para su obra.
“Estimado César: Eres un gran profesional de la comunicación que has generado muchas pasiones, pero tu forma de hacer periodismo y comunicación sentó un gran precedente en la nación dominicana.
De manera particular y como joven comunicador en ese entonces, fui impactado grandemente en los años 90 por aquel programa llamado Recepción, donde mostrabas y analizabas la realidad política y social. Asimismo, tus comentarios y artículos, siempre claros y a veces muy descarnados, son un ejemplo y un estímulo para quienes queremos ser algo diferente y aportar innovación y visión al trabajo cotidiano de comunicar.
Una de tus principales cualidades es la solidaridad. Sabemos que con tus familiares, con tus amigos y con las gentes que valoras y estimas, siempre eres el primero en estar con ellos en todos los momentos que te necesitan. Eres un verdadero amigo de los amigos.. De mi parte, siento un gran agradecimiento por ti, César, pues cuando fui objeto de aquel alevoso atentado en septiembre del 2004, tu voz se elevó con firmeza condenando esa ruin acción y enfrentaste con valentía y honestidad, a un grupo de comunicadores que querían dañar mi reputación y desvirtuar la realidad de ese intento de asesinato en mi contra.
Ten siempre presente que Dios te ama. Dios te cuida. Dios te protege. No es cierto que Dios castiga a nadie. Jesús pagó en la cruz por todos nuestros pecados. Tu enfermedad no es fruto de ningún castigo de Dios, por el contrario, Dios es tu consuelo, tu amor y tu fortaleza en este momento.
No pierdas tiempo ni esfuerzos en personas que no valoran la gracia de Dios. En este momento y en esta situación, no te desvíes de la ruta más hermosa que tiene la vida: Abrir nuestros corazones y dejar que Jesús se convierta en nuestro Señor y Salvador. Al hacer eso, encontramos la mayor riqueza del mundo y, de forma gratuita, conseguimos el más valioso de los premios que un ser humano puede aspirar: la salvación y la vida eterna.
César, mi corazón y mis oraciones están contigo y toda tu familia, hoy y siempre. Gracias por todo lo que has sembrado para bien, gracias por tu amistad y tu solidaridad, gracias por el amor y la justicia en todo lo que haces. Dios está contigo.

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