A pesar de discrepancias internas entre reformistas, de predicciones de analistas y politólogos basándose en encuestas cuyos posicionamientos congelan ignorando modificaciones de comportamientos inducidos por accionares adecuados y del inescrupuloso uso de recursos oficiales para someternos al clientelismo gubernamental; el reformismo constituye opción para cambiar el estado de cosas que estamos padeciendo.
Todas las instancias, partidarias y no partidarias, llamadas a cambiarlas están igualmente afectadas por situaciones similares a las sobrellevadas por el reformismo.
El propio PLD confronta conflicto de liderazgo calificados encontrarse al “rojo vivo”. Además, al ser partido de gobierno le correspondería defender una gestión calificada como inadecuada por 80% de ciudadanos y que ha postrado en profundo desánimo y pesimismo las esperanzas nacionales. Para el 2020 tendrá 16 años consecutivos de haber gobernado considerándose que lo están haciendo a la perfección en circunstancias que sus resultados económicos y sociales deja mucho que desear: desempleo estancado, producción insuficiente para satisfacer necesidades nacionales, déficits y endeudamiento, irrespeto institucional, indiferencia administrativa, caos territorial y ambiental, sacrificio de identidad nacional y precariedad en prestación de servicios públicos esenciales, obteniendo bajas calificaciones internacionales, en educación, salud, transporte, energía, etc.
La permisividad con la corrupción y tráfico de ilegalidades refleja asintonía con nuestros principales socios económicos internacionales dibuja contingencias adversas en cuanto a flujo de recursos internacionales que le resultan imprescindibles a las corrientes estatizantes dominantes y predominantes.
Cambiar ese estado de cosas constituye imperativo mediato ante el agotamiento de posibilidades inmediatas.
Otros partidos opositores no han sabido estructurar en el pasado inmediato un proyecto de gobierno convincente para encarnar el cambio necesario y están igualmente amenazados por choques de trenes entre sus líderes. Sus instancias dirigenciales están, por demás, más cuestionadas en casos emblemáticos de corrupción.
Las esperanzas de un movimiento social que encarne aspiraciones ciudadanas se desvanecen por falta de sistematicidad y en la medida que transcurre el tiempo sin definir roles y propósitos, sin dar respuestas comprehensivas a urgencias nacionales, dispersándose y disgregándose en objetivos y accionares organizacionales particulares.
Los partidos “emergentes” se agrupan en torno a proyectos presidenciales personales sin reflejar capacidad orgánica para encarnar y viabilizar cambios necesarios. La proliferación de nuevas fórmulas se neutraliza por ambiciosas pretensiones que posibilitan peligrosas aventuras que nos arriesgan a saltar hacia lo desconocido.
El reformismo, conocido, maquinaria electoral de probada eficiencia y experiencia gubernamental, puede dar respuesta adecuada al imperativo nacional.
Sobre todo porque representa antítesis de lo predominante: disciplina, endeudamiento, desestatización económica productora y generadora de puestos de trabajo, asistencia social sin tarjetas clientelares, cuidado ambiental, identidad nacional, intolerancia ante ilegalidades traficando.
Solo falta que sus prohombres se lo propongan.
of-am


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