En mi enseñanza hogareña aprendí que hay seres humanos que incuban en ti un amor especial cuya valía es tan excelsa que no hay dinero que pueda comprar ese afecto, como es el que nos profesan el padre y la madre desde que nacemos.
Salvo las excepciones propias de toda regla, el padre y la madre nos aman, nos miman, se preocupan por nuestra alimentación, porque vayamos a la escuela, en verificar que los hijos hagan las tareas indicadas por los maestros y porque la ropa esté limpia al igual que los zapatos.
De igual modo es de su interés que los hijos se aprendan sus tareas, de velar por lo que comen, de arreglar sus camas para que se acuesten a una hora determinada cuando no han pasado a la adultez. Y si los hijos enferman, vaya usted a saber, los cuidan en un 100% y se mantienen en zozobra hasta ver su estabilidad.
Y es que la vida de los hijos es la propia vida del padre y de la madre. Una vida que no tiene precio para los un verdaderos progenitores.
Esta simbiosis entre padre, madre e hijos suele prologarse más allá de cuando éstos últimos forman su propia familia, pero sin incidir en asuntos que puedan dañar salvo una situación que sea siempre para mejorar y respetando su voluntad.
El lazo entre papá, mamá e hijos siempre se mantiene con respeto y amor.
ES PENOSO
El padre y a madre velan por sus hijos sin pensar en recompensas, porque su amor no tiene precio. Sin embargo hay algunos hijos que se olvidan de sus padres, principalmente si esos progenitores viven en pobreza.
Olvidan que ese padre y madre económicamente pobres hicieron todo el esfuerzo para que estudiaran. Son hijos e hijas que tras su buen statu, se encuentran al menos a sus progenitores, rara vez lo ven y no les mencionan porque les ven como una vergüenza.
Tampoco le llaman vía telefónica para saber cómo se encuentran. En los respectivos trabajos de esos hijos ingratos (hembras y varones), nadie se imagina que esos bárbaros tratan a su papá y a su mamá con desprecio. Esos padres y madres son pobres, pero con dignidad.
A todos esos padres y madres que dedicaron sus vidas para que sus hijos echaran hacia adelante y para aquéllos que no pudieron hacer nada por sus vástagos, quien sabe por qué circunstancia, vaya nuestro saludo y afecto.
A MOLINA MORILLO
En El Nacional, donde hice mis primeros ensayos para entrar al periodismo, conocí al Dr. Rafael Molina Morillo. Guardo gratos recuerdos de ese momento en el periódico porque me permitió abrir un poco mis alas en este adorable oficio de periodista.
Para mi él sigue viviendo y de manera expresa usualmente no acudo a velatorios. A Don Molina Morillo no le he visto morir y por eso no morirá en mis recuerdos. Amén.
JPM

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