El Presidente Danilo Medina ya ha hecho fama de ser un Presidente indescifrable, o dicho de otro modo, de ser un Presidente sumamente hermético (o más bien, celoso con sus decisiones –y su debida discrecionalidad- antes de hacerla de dominio público). Y no es que asombre mucho esta particularidad en el proceder y el hacer del Presidente, si hablamos de sus colaboradores cercanos y seguidores de antaño, pues –para ellos- siempre ha sido así: discreto, estratégico y puntual. Sin embargo, con la designación del nuevo Canciller arquitecto Andrés Navarro García, ha sentado un precedente histórico digno de subrayar: ha hecho una significativa ruptura con la vieja tradición –o subcultura trujillista-balaguerista- de poner en los puestos de relevancia pública-estatal a las llamadas figuras –generalmente políticos jerárquicos, empresarios, artistas, intelectuales de renombre, periodistas emblemáticos, etc.- que, de alguna u otra forma, son parte de cierto statu quo social o fáctico. Al respecto, el Presidente Joaquín Balaguer, en honor a la verdad, hizo algo pero siempre bajo el prisma del trasfondo político-electoral, o procurando distracción pública, o para complacer a algún sector en particular. En el caso que nos ocupa, y partiendo de la meticulosidad del Presidente Danilo Medina, se trata de una designación bien pensada que recae en un joven profesional y político de poco registro público; pero, ha trascendido, de una recia formación profesional y trayectoria de gerente efectivo. Muy seguramente, el Canciller adecuado, no siendo figura, para llevar a cabo la reingeniería que necesita un ministerio neurálgico para apuntalar y redefinir nuestra política exterior. Pero también, no contaminado (el nuevo Canciller) con hábitos y dominios que no siempre son buenas cartas de presentación ni mucho menos aval indispensable para una empresa que necesita, mas que todo, compromisarios integrales y de perfiles políticos-técnicos bien definidos. Recuerdo que en el Grupo del Café (una suerte de tertulia -multifacética-ecléctica- de debates, análisis y lazos fraternos) en miles de ocasiones barajamos infinitos nombres de figuras –siguiendo la ‘jodida’ tradición o subcultura aquella- para posible Canciller. Aquel ejercicio de especulación, hechicerías y bolas, no pocas veces se convirtió en pura feria. Así, un día, el Canciller seguro –que digo, ¡segurísimo!-, era un tal fulano; otro día era un tal mengano; y el siguiente día era el socorrido Juan o Pedro (¡conocidos todos!). Y así, pasamos un buen tiempo leyendo las tazas y prediciendo un Canciller imaginario. Hasta que… ¡fua!, el Presidente, nombró –en toda su facultad constitucional- al único Canciller posible y real: a Andrés Navarro García. Ahora, toca arrimar hombros, hacer la tarea y felicitar al Presidente por romper con un fetichismo-atavismo de nuestro subdesarrollo político-social y, de paso, por depositar su confianza en un joven profesional y político. ¡Que más pedir!
Un precedente histórico: el nuevo Canciller
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