Por RAMFIS RAFAEL PEÑA NINA
Hay apodos que sobreviven a sus dueños y terminan encontrando nuevos destinatarios. «Chapita», que parecía reservado a un capítulo oscuro de nuestra historia, vuelve a resultar útil para la sátira política. Esta vez, la imaginación le ha expedido pasaporte de República Dominicana a Estados Unidos, con escala en la vanidad.
¡Qué orgullosos tendríamos que sentirnos los sancristoberos, si siguiéramos la lógica de aquella antigua propaganda! Aquí nació Rafael Leónidas Trujillo Molina, alrededor de cuya figura se acumularon tratamientos y títulos: el Jefe, el Generalísimo, el Benefactor, el Padre de la Patria Nueva, el Perínclito. Tanto adorno verbal acabó convertido en una ceremonia permanente de reverencia.
Su afición a las medallas y las condecoraciones quedó asociada al apodo de Chapita. El sobrenombre tenía una eficacia que difícilmente podían alcanzar los discursos oficiales: reducía aquella aparatosa exhibición de grandeza a una palabra pequeña, familiar y burlona. Cuanto más solemne se presentaba el personaje, más punzante resultaba la ocurrencia.
Hoy, en Estados Unidos, aparece una figura a la que esta sátira propone llamar «Chapita USA»: Donald Trump. La comparación se concentra en el gusto por la exaltación personal, la búsqueda de reconocimientos y la necesidad de ocupar el centro del escenario. El viejo apodo dominicano parece encontrar acomodo en una política donde el espectáculo reclama cada vez más espacio.

Trump ha declarado públicamente que merece el Premio Nobel de la Paz. Su insistencia ofrece abundante material para la ironía: pareciera que el reconocimiento pierde valor cuando tarda en llegar a sus manos. En ese universo de expectativas, hasta un premio internacional corre el riesgo de convertirse en una deuda que el mundo tiene pendiente con el gobernante.
Nuestro Chapita dejó su apellido instalado en la geografía: Ciudad Trujillo y Provincia Trujillo son denominaciones que todavía pueden leerse en documentos de la época. El homenaje desbordaba los salones y las ceremonias; había que encontrarlo también en los mapas. Hasta para indicar dónde vivía, el ciudadano terminaba pronunciando el nombre del hombre que mandaba.
En Estados Unidos, el Gobierno de Trump adoptó «Golfo de América» como denominación oficial estadounidense para el golfo de México. El episodio permite prolongar la comparación satírica: la geografía vuelve a servir como escenario de afirmación política. Las aguas continúan su movimiento, mientras los gobernantes descubren que también los mapas pueden participar en sus ceremonias de grandeza.
La representación del poder ha llegado incluso al vestuario pontificio
En mayo de 2025, Trump difundió una imagen generada con inteligencia artificial en la que aparecía vestido de papa. La estampa ofrece una escena difícil de superar para cualquier caricaturista: sentado ante el mundo, con tiara y solemnidad, el presidente parecía ensayar otro papel en su interminable repertorio público.
En abril de 2026 difundió otra imagen artificial, interpretada ampliamente como una representación suya semejante a Jesucristo. Después la retiró y sostuvo que pretendía aparecer como médico. El episodio alimenta esta sátira por la desmesura de sus símbolos: entre la presidencia, la tiara y la imagen del sanador, el escenario empieza a parecer demasiado pequeño para tantos personajes.
Hasta Idi Amin, el dictador ugandés conocido por sus títulos grandilocuentes, encuentra sitio en esta galería de vanidades. En una competencia imaginaria por acumular honores, habría que reservarle un asiento junto a nuestros dos Chapitas. El jurado tendría una tarea difícil: determinar quién necesita más palabras, más insignias y más reverencias para sentirse suficientemente grande.
Si prolongamos la caricatura, mañana podría reclamarse una constelación con nombre presidencial. Después vendría el turno de los elementos químicos: el uranio y el plutonio quizá recibirían nuevas denominaciones, escogidas por su asociación con el poder y la fuerza. La imaginación permite llegar hasta allí, porque una vanidad sin límites siempre encontrará insuficiente el tamaño de su pedestal.
Y quienes tanto criticaron a nuestro Chapita, siguiendo esta ironía hasta el absurdo, tendrían que organizar una procesión de penitencia, de rodillas hasta la Basílica. Su supuesto pecado habría sido creer que aquella desmesura era irrepetible.
Allí podrían meditar sobre la sorprendente longevidad de ciertas costumbres del poder: cambian los escenarios, crecen los reflectores y se modernizan los retratos, pero la vieja necesidad de adoración sigue encontrando protagonistas. Para reconocerla, los dominicanos conservamos una palabra breve y certera: Chapita.
jpm-am

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Muy bien escrito. Felicito al autor Ramfis R Peña Nina.