Ojalá que no se imponga como verdad sabida y buena fe guardada el criterio de que la delincuencia se combate con la ejecución de delincuentes, porque esa sería guerra de nunca acabar, toda vez que la sociedad malvive sobre irrespirable maleza de injusticia en la cual la criminalidad crece como el arbusto venenoso del Coyotillo.
En los casos de enfrentamiento a tiros entre civiles y autoridades, debemos rogar para que ningún policía, militar o civil inocente resulten muertos o heridos, pero es inadmisible que desde el Estado se pretenda legalizar las ejecuciones con justificación de “intercambios de disparo”.
En lo que va de septiembre se atribuye a la Policía la muerte entre 27 a 34 supuestos o reales delincuentes, que sin negar que en algunos casos los agentes repelieron agresiones, en la mayoría de esos sucesos hubo posibilidad de apresar a esos perseguidos y remitir sus casos al sistema de justicia.
Lo sociedad padece otro rebrote de delincuencia de tal magnitud que la Policía considera que debe enviar a través del fatídico “código 29”, un contundente mensaje de que aplicará ejecuciones extrajudiciales contra individuos que hace tiempo figuran en los archivos de la institución como “peligrosos delincuentes”.

Aplicar la tesis de “muerto el perro, muerta la rabia” agrava en vez de aliviar el estado de inseguridad ciudadana, porque la criminalidad brota desde el litoral de la marginalidad, lo mismo que desde anaqueles altos de la sociedad y del Estado, ante los cuales prevalece la injusticia en la persecución de crímenes y delitos.
La Constitución manda a respetar o preservar la vida, desde la concepción hasta la muerte natural, salvo en caso de que la violencia delincuencial coloque en inminente peligro de la integridad física de la autoridad, sin justificación para el código 29, aun sea contra el más despreciable de los delincuentes.
El niño que nace hoy en una de las tantas favelas o barrios populares tendría amplias posibilidades de morir en un intercambio de disparos antes de cumplir los 20 años, no porque vino al mundo con el ADN de la delincuencia, sino porque la sociedad le niega derecho a forjarse como ciudadano, por lo cual, en término literal, se convierten en arbusto venenoso.
En vez de plomo como recetario cotidiano, la delincuencia y criminalidad se combaten con remedios preventivos, como el de proveer a las comunidades de educación, salud, vivienda, capacitación, empleo formal, deportes, cultura, recreación y un Ministerio Público y Sistema Judicial, preventivo, eficiente y libre de prejuicios.
La mayoría de los dominicanos son presas hoy de miedo por el auge de la delincuencia y criminalidad, incluida la corrupción y el cohecho, pero es preciso advertir que ese flagelo no se frena con oleajes de ejecuciones extrajudiciales, porque como para eliminar al coyotillo, se requiere abonar la tierra para que, en lugar de plantas venenosas, la sociedad cultive los mejores frutos ciudadanos.
jpm-am

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Saludo su valentía por la manera que aborda el tema, ante tanta irresponsabilidad de los actores políticos y de muchos comunicadores que callan frente a lo presentado en este artículo.