Por DELVI SANTOS
La República Dominicana ha vivido momentos en que el precio del petróleo deja de ser una cifra lejana para convertirse en angustia diaria. En 1990, mientras el mundo miraba el Golfo Pérsico, los dominicanos sentimos en carne propia cómo una guerra ajena desarmó la economía y convirtió la vida cotidiana en una carrera por sobrevivir.
Las estaciones de combustible se llenaron de filas interminables. Conductores varados, amas de casa recorriendo colmados en busca de lo más barato, salarios que se evaporaban frente a una inflación del 80%. Gobernaba Joaquín Balaguer en su quinto mandato, entre apagones, huelgas y un descontento que crecía con cada aumento.
Los datos de la CEPAL fueron contundentes: el PIB cayó 6.2%, el consumo privado 11%, quebraron siete bancos y las reservas internacionales se desplomaron. El galón de gasolina pasó de RD$6.00 a RD$11.00. Ese aumento se volvió símbolo de una época: racionamiento, transporte paralizado, alimentos por las nubes y protestas en las calles.
Décadas después, la historia se repite con otros nombres. Ni el acuerdo de Petrocaribe, firmado el 6 de septiembre de 2005 entre Leonel Fernández y Hugo Chávez, blindó al país de los vaivenes internacionales. En 2022, la guerra entre Rusia y Ucrania volvió a disparar los combustibles. El GLP subió, el transporte se encareció y el gobierno de Luis Abinader tuvo que aumentar subsidios para evitar un estallido social.
La tensión en Medio Oriente hace lo suyo. El estrecho de Ormuz, por donde pasa el 20% del petróleo mundial, vuelve a estar bajo amenaza por los conflictos entre Irán, Israel y Estados Unidos. Y aquí lo sentimos de inmediato.
Ahora, en 2026, el barril de Texas tocó los US$104.86 por el conflicto en Irán. Economistas advierten: menos crecimiento, turismo y construcción más caros, y más presión sobre los subsidios. El Banco Central estima que cada dólar que sube el crudo le cuesta al país más de US$63 millones al año.
Solo en 2025, el Gobierno destinó cerca de RD$11,500 millones a subsidiar combustibles y más de RD$105,000 millones al sector eléctrico. Son cifras que sostienen la paz social, pero frenan inversión y desarrollo. Mantener los precios estables se ha vuelto una obligación política para no golpear a los más vulnerables.
La lección no aprendida
De 1990 a 2026, el guion es el mismo: crisis externa, filas, subsidios, deuda y sacrificio. Cambian los presidentes, cambian las guerras, pero la dependencia sigue intacta. No hemos diversificado la matriz energética con la velocidad necesaria. No hemos creado fondos de estabilización reales que aguanten estos choques. Seguimos reaccionando, no previniendo.
El petróleo seguirá siendo geopolítica. Mientras no asumamos una transición energética seria y una política de ahorro fiscal en tiempos buenos para usar en los malos, cada conflicto en Medio Oriente o Europa del Este se sentirá en el concho, en el pasaje y en la factura del colmado.
La guerra ajena nos seguirá tocando el bolsillo. La pregunta es hasta cuándo vamos a permitirlo.


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