El Partido Revolucionario Moderno enfrenta hoy una contradicción que ya no puede esconderse debajo de la alfombra de la unidad. Un partido que nació para enterrar el dedazo no puede gobernarse con el mismo método que enterró. La democracia interna no es un adorno estatutario. Es la base que sostiene toda la legitimidad de su discurso frente al país. Y esa base se llama convención.
EL CONTRATO CON LA BASE
El PRM prometió al país un partido distinto. Le prometió al militante que su voto valía, que las direcciones se ganarían en las urnas y no en una oficina con aire acondicionado. Cada dirigente municipal, cada presidente de zona, cada militante que cargó una bandera sabe que la convención es el único momento donde el poder regresa a la base. Postergarla es romper ese contrato. Es decirle al perremeísta de a pie que su rol terminó el día de las elecciones nacionales.
Un partido no puede exigirle sacrificio a su militancia en campaña y luego negarle participación en la toma de decisiones. Eso no es gerencia política. Es uso político.
SIN COMPETENCIA NO HAY RENOVACION
Cuando no hay convención, no hay renovación. Hay reparto. Las posiciones se distribuyen por cercanía, por lealtad o por cálculo, nunca por mérito ni por respaldo territorial. El resultado es una dirigencia desconectada, envejecida en sus métodos y sorda a la base que dice representar.
La convención obliga a caminar, a escuchar, a convencer. Obliga al dirigente a salir del despacho y volver al barrio. Sin ese proceso, el partido se llena de funcionarios que confunden el Estado con el PRM y el PRM con su patrimonio. La falta de competencia interna es la antesala del divorcio entre el partido y la sociedad.
LA UNIDAD NO SE DECRETA
El argumento más usado para evitar la convención es la «unidad». Pero la unidad real no se impone desde arriba. No nace del miedo al debate ni del pánico a contar votos. La unidad que sirve es la que sale de un proceso donde todos compiten, todos votan y todos aceptan el resultado.
Un partido que le teme a su propia democracia interna está confesando que no confía en su militancia. Y un liderazgo que no confía en su base no puede pedirle al país que confíe en él. La cohesión del PRM no está en evitar la convención. Está en hacerla, con padrón transparente, con reglas claras y con árbitros creíbles.
EL COSTO DE GOBERNAR COMO LO QUE SE CRITABA
El PRM llegó al poder con un mandato claro: cambiar la forma de hacer política. Transparencia, institucionalidad y fin del clientelismo fueron las banderas. Cada mes que pasa sin convención, esas banderas pierden color.
No se puede hablar de respeto a la Constitución mientras se ignoran los estatutos. No se puede exigir a la Junta Central Electoral que organice procesos pulcros si el partido es incapaz de organizar el suyo. No se puede denunciar el uso de recursos del Estado en política cuando la mayor ventaja en una convención pospuesta es, precisamente, el control del Estado.
La coherencia es el único activo político que no se compra con presupuesto. Y hoy la coherencia del PRM se mide en una fecha: la de su convención.
LA DEMOCRACIA EMPIEZA EN CASA
Un partido que aspira a dirigir la democracia nacional tiene que demostrar que practica la democracia interna. La sociedad observa. Los jóvenes observan. Los empresarios, la comunidad internacional y el votante independiente observan. Todos toman nota cuando el discurso de la institucionalidad se queda en la puerta del local partidario.
La convención no debilita al gobierno. Lo fortalece. Le da una dirigencia legitimada por votos, no por decretos. Le da voceros con autoridad territorial. Le da al presidente del partido y al presidente de la República la tranquilidad de que su principal estructura política no es una ficción sostenida por la nómina.
EL DILEMA ES SIMPLE
El PRM tiene dos caminos. El primero es convocar, abrir el padrón, garantizar competencia y devolverle el partido a su militancia. Ese camino duele, genera tensiones y obliga a contar votos, pero termina en legitimidad.
El segundo es seguir aplazando, administrando el tiempo y gobernando el partido por consenso de cúpulas. Ese camino es cómodo hoy, pero es letal mañana. Porque un partido sin democracia interna es solo una sigla esperando el momento de vaciarse.
Sin convención no hay democracia. Y sin democracia interna, el PRM pierde el derecho de hablarle al país de democracia, transparencia y cambio.
La historia no perdona a los partidos que se traicionan a sí mismos. La convención es la última oportunidad de ser coherentes.


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