Claves para el orden y la gobernabilidad

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La Autora es escritora e ingeniero. Reside en Santo Domingo.

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POR E. MARGARITA EVE

Gobernar hoy no es solo administrar recursos; es interpretar una sociedad en toda su complejidad. En contextos como el actual, el ejercicio del poder exige más que capacidad técnica. Exige comprensión social y coherencia. Sin esa conexión entre discurso y práctica, ninguna gestión logra sostenerse en el tiempo.

La transparencia ya no puede presentarse como una aspiración. Es una condición básica de legitimidad. Sin embargo, su efectividad depende de un elemento que suele subestimarse: la ética. Sin ética, la transparencia corre el riesgo de convertirse en un ejercicio formal sin impacto real.

En la República Dominicana, este problema ha sido recurrente a lo largo de las últimas décadas. Distintos gobiernos han intentado enfrentar desafíos estructurales con voluntad aparente. Sin embargo, los resultados han sido limitados y, en muchos casos, insuficientes frente a la magnitud de los problemas.

A mi juicio, esta situación no responde únicamente a errores de gestión. Existen factores más profundos que condicionan los resultados. La cultura política y las prácticas sociales influyen de manera determinante. Ignorar esta dimensión es simplificar una realidad compleja.

Cuando una sociedad carece de un norte claro, las prioridades se diluyen con facilidad. La debilidad institucional dificulta la continuidad de políticas públicas. Y cuando la ética pública es frágil, también lo es la capacidad de exigir transformaciones reales y sostenidas.

También es necesario reconocer que la sociedad no es ajena a este problema. Muchas prácticas criticadas en el poder encuentran respaldo o tolerancia en la base social. Sin una revisión colectiva, cualquier intento de cambio corre el riesgo de quedarse en la superficie.

Existen ejemplos que demuestran que la ética no depende exclusivamente de la religión. En China, tradiciones como el Budismo, el Confucianismo y el Taoísmo han promovido una conducta orientada al equilibrio y la armonía social. En ese contexto, la ética se asume como base del orden.

Algunos países han comprendido esto y lo han reforzado de manera deliberada. En Singapur, la disciplina y la lucha contra la corrupción han sido pilares del desarrollo. En Corea del Sur, la educación y el esfuerzo colectivo marcaron el rumbo. En Japón, el respeto y el orden forman parte de la vida cotidiana.

Los errores del pasado no deben analizarse como hechos aislados. Se repiten patrones como la visión de corto plazo y la falta de continuidad en las políticas públicas. Esto limita la posibilidad de consolidar avances sostenibles y debilita la confianza institucional.

El clientelismo continúa siendo una de las principales limitaciones. No se trata de un fenómeno puntual, sino de una estructura que condiciona el ejercicio del poder. Reduce la independencia en la toma de decisiones y restringe el alcance real de cualquier transformación.

En ese escenario, la gestión del presidente Luis Abinader ha operado con un margen distinto. El hecho de no proyectar una continuidad personal o familiar inmediata incide en su forma de gobernar. Esto le ha permitido, en determinados momentos, actuar con mayor libertad frente a presiones tradicionales.

Su liderazgo ha sido bien valorado en la región, con niveles de aprobación que superan el 50 %. Sin embargo, el verdadero desafío trasciende a una sola figura. El futuro dependerá de líderes con visión clara, coherencia y equipos sólidos. Solo así será posible romper patrones y construir un orden más sostenible.

emargaritaeve@gmail.com

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