En la política y el negocio no se juega limpio

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EL AUTOR es aogado y comunicador. Reside en Santo Domingo.

Le Père Goriot expresó: “El secreto de las grandes fortunas… es un crimen olvidado.”

El Diccionario de la Lengua Española define el negocio como cualquier actividad organizada que busca obtener un beneficio económico mediante la producción, venta o intercambio de bienes o servicios. Se basa en la creación de valor y el intercambio, a menudo implicando contratos y transacciones.

La política, en cambio, es la actividad humana orientada a tomar decisiones colectivas, gestionar el poder y organizar la convivencia en una sociedad para alcanzar fines comunes. Deriva del griego polis (ciudad) y se centra en la regulación de conflictos, la distribución de recursos y el ejercicio del poder público.

La autora inglesa Agatha Christie resumió con ironía que “detrás de cada fortuna hay un crimen”. Su detective Hercule Poirot advertía que, detrás de los crímenes más complejos, suelen esconderse motivaciones muy humanas: dinero, poder o resentimiento. Esa misma lógica se repite en los negocios y en la política, donde la corrupción se disfraza de gestión y la ambición se maquilla de servicio público.

Los ejemplos abundan: evasión de impuestos mediante contrabando, subfacturación, doble contabilidad, falsificación, emisión de cheques sin fondos, tráfico de influencia y uso de información privilegiada. Cada uno de estos actos es un crimen, aunque se presente como estrategia empresarial o maniobra política.

Convergencia

El punto de convergencia entre empresarios y políticos suele ser la campaña electoral. Allí los candidatos aceptan donaciones que, una vez en el poder, se transforman en favores: adjudicación de obras sobrevaluadas, nombramientos de representantes empresariales en gabinetes, exoneraciones y subsidios. La política se convierte en un mercado donde la moneda de cambio es la influencia.

Incluso presidentes de Estados Unidos han reconocido la crudeza de la política. A Truman y Grant se les atribuye la frase: “La política es muy sucia.” Nixon, en medio del escándalo de Watergate, se defendió diciendo: “I am not a crook.” Más que una declaración de inocencia, fue un espejo de la sospecha que envuelve a la política cuando se confunde con negocio.

En política y negocio, la ética suele ser la primera víctima. Como un invitado incómodo, se le deja fuera de la mesa donde se reparten los beneficios. Y mientras los poderosos brindan con copas de cristal, la verdad permanece oculta bajo el mantel, esperando que alguien tenga el valor de levantarlo.

En política y negocio, la corrupción no es un accidente: es un sistema. Los favores, las exoneraciones y las obras sobrevaluadas son el tributo que se paga por haber financiado campañas. Los crímenes se ocultan bajo la apariencia de contratos, decretos y discursos, pero no dejan de ser crímenes.

Quien se sienta en la mesa del poder sin ética, se convierte en cómplice de un festín de impunidad. Y cada ciudadano que calla, cada institución que tolera, se vuelve parte de esa maquinaria que devora la justicia.

La política y el negocio, cuando se confunden, no construyen nación: la hipotecan. Y la historia, tarde o temprano, pasa factura.

En definitiva, el problema no radica en la existencia del negocio ni de la política, sino en la opacidad con que muchas veces se ejercen. Cuando el dinero financia el poder y el poder protege al dinero, la línea entre lo legal y lo ilegítimo se vuelve peligrosamente difusa; porque no se trata de casos aislados, sino de una dinámica recurrente donde los intereses privados capturan decisiones públicas.

Así, la vieja intuición de Honoré de Balzac deja de ser una provocación literaria para convertirse en advertencia vigente: las grandes fortunas y el poder político, cuando se entrelazan sin contrapesos reales, tienden a producir beneficios para unos pocos y costos para la mayoría.

jpm-am

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