OPINION: El problema fronterizo dominicano

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EL AUTOR es político. Reside en Raleigh, Estados Unidos.

La República Dominicana, igual que la mayoría de los países que comparten frontera con otras naciones, encara un problema fronterizo; el dominicano es un problema grave por las condiciones del vecino con quien deslinda el territorio de la isla.

Las condiciones de Haití, llevan a sus nacionales a buscar cualquier camino de subsistencia fuera del desastre que tienen en su territorio; catalogado desde hace muchos años como un estado fallido, Haití no ofrece las condiciones mínimas de existencia para ningún ser humano de extracción humilde, los cuales componen las grandes masas de carenciados.

Esos barrios de ciudades dominicanas, que los enemigos de la República Dominicana, denuncian como el fracaso de los gobiernos del país para combatir la pobreza extrema, son vistos por los depauperados haitianos como las puertas de un paraíso terrenal; esa es la principal razón de los tantos ilegales que deambulan por las diferentes ciudades.

Los 391 kilómetros de frontera abierta entre los dos países, son imposibles de cubrir por una vigilancia permanente, que resultaría muy costosa de mantener; sería como un estado de guerra continuo contra un enemigo cuya única arma es la miseria, que muchos creen es usada como instrumento de invasión silente.

¿Porque la llamada invasión del útero no se da hacia territorio norteamericano, digamos a la península de la Florida? _ pues, por lo costoso que le resulta a cualquier ciudadano haitiano pagar un pasaje a los traficantes de seres humanos, para su traslado por mar a esas costas, además de los riesgos del océano.

Si el Atlántico no se interpusiera entre USA y Haití, en esta problemática no se hablara de la República Dominicana; el flujo migratorio de los mejicanos hacia Estados Unidos de Norteamérica  pasaría a ser un juego de niños.

Las mujeres embarazadas haitianas que acuden a dar a luz en hospitales dominicanos, son traídas por ONG nacionales e internacionales, que reciben fondos de diferentes países, que los destinan con la finalidad de combatir la pobreza mundial; pero es más fácil utilizar las disponibilidades del Estado dominicano, y disponer de esos fondos para beneficio personal.

Ningún plan, nacional o internacional, encaminado a destruir la nacionalidad dominicana puede dar resultado, si existe la disposición de la sociedad dominicana de no permitirlo; y si el Estado, rector de las conveniencias sociales y de la soberanía nacional, cumple con su papel.

Además de hacer cumplir las leyes migratorias, el gobierno dominicano debe darse un plan definitivo de largo alcance para detener el flujo migratorio por la frontera; este plan debe tener como norte estratégico, aumentar la población en la línea fronteriza; no hay mayores garantes de sus propios intereses que los mismos pueblos.

La población de las 5 provincias fronterizas, es de apenas 320,700 habitantes; comenzar con un programa de infraestructura productiva que lleve ese número al millón de dominicanos viviendo en esos lugares, sería como poner un muro de contención a la horda migratoria del vecino país.

Con el incremento de la población, vendría el incremento de la presencia de autoridades reales con raíces en los diferentes lugares de esas provincias; así los incentivos para el crecimiento comercial, industrial y agrícola, estarían sentados en las jurisdicciones donde sus habitantes los necesitan.

Reforestar la frontera es un plan ambicioso; pero que militar miraría un soborno, si se le otorga un incentivo de 200 tareas de tierra, y crédito para sembrar aguacates, cacao o café; se pueden hacer asentamientos mixtos de militares y civiles en esos lugares para incentivar un flujo migratorio interno, contrario al que se ha venido dando.

El Estado dominicano debe mirarse en el espejo de nuestros orígenes; no olvidar las consecuencias de las devastaciones del gobernador Osorio. La Patria comienza en la frontera, y solo allende los mares están sus límites.

jpm

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