Auxilio urgente para Haití

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EL AUTOR es periodista. Reside en Santo Domingo.

Mucha consternación, pena e impotencia produce la convulsa situación en Haití que ha generado una crisis política y social de la que, probablemente, ese país no pueda salir con sus propios medios. Cuando escuchábamos hablar a conocedores de la accidentada historia haitiana como Marino Vinicio Castillo, su hijo Pelegrín, entre otros, de que Haití es un Estado fallido, uno pensó que exageraban.

Los acontecimientos de estos últimos días parecen comprobar esa afirmación. Las protestas iniciadas el viernes último pasado en contra del aumento en los precios de los combustibles, dispuesto por el gobierno de Jovenel Moise han sido el caldo de cultivo, la mecha que encendió la llama de la indignación por años reprimida, de una población históricamente golpeada, abusada y masacrada.

Extrañó a muchos que la revocación, por parte de las autoridades de la medida que encareció los carburantes no fue suficiente para detener las movilizaciones violentas. Todo lo contrario, las hizo recrudecer hasta llegar a un clima de alteración, de ingobernabilidad, de imprevisibles consecuencias.

Lo complicado del panorama hace pensar que no ha sido fortuito ni espontáneo el brote de agitación, casi convertido en poblada. Entre la violencia y reclamos sociales, no faltan quienes piden la cabeza del presidente y del primer ministro. Eso no resolvería la crisis política y social.

El cáncer en Haití parece que ha hecho metástasis y será necesario extirpar mucho tejido ya muerto, putrefacto y aplicar múltiples dosis de quimio y radioterapia para intentar recuperar enfermizo pueblo, el más pobre y desigual del Hemisferio.

Que las masas enardecidas hayan atacado lujosos hoteles del exclusivo sector de Petion Village en Puerto Príncipe la Capital, es un mensaje claro a esa elite indolente, a la indiferente clase empresarial, a esos pocos que lo tienen todo. Son ellos corresponsables de  la tragedia y el drama al que han sometido por centurias a esas almas, condenadas a la explotación y la  pobreza extremas.

Pero aunque hay razones sobradas para la sublevación de una ciudadanía, postrada ante la más agobiante crisis, los acontecimientos de los últimos días, con balance de muertos y heridos, parecen inducidos por sectores interesados en crear un ambiente de desestabilización. Si ese era el objetivo ya lo han logrado. El revuelto mar de Haití se mueve con gigantescas olas solitarias, irresistibles para la más potente embarcación.

Algunos no tendrán motivos para asombros con los dramáticos acontecimientos actuales. Ha sido la de Haití una historia accidentada. Desde su nacimiento como Estado-Nación ha sobrevivido entre regímenes de fuerza, militares, golpes de Estado y confrontaciones permanentes, intentos de gobiernos democráticos en las últimas cinco décadas. Con el elevado costo de sangre y pérdidas de tantas vidas, en las luchas por la construcción de un sistema de  mínimamente garante de derechos fundamentales. Sigue siendo esa una tarea pendiente, un anhelo, muy lejano por el tétrico cuadro de estos días.

Lo peor de todo es que no hay interlocutores válidos, con la vocación concertadora, la capacidad de sacrificio, disposición y el sano equilibrio para generar un escenario donde confluyan todos los actores de la sociedad haitiana, con la colaboración de la comunidad internacional en procura de construir una solución, la más rápida, pacífica y eficaz. El descompuesto tejido social de Haití no espera mucho antes de entrar en estado irreversible de putrefacción y, probablemente la muerte.

Es tiempo de que Estados Unidos, Francia, la Unión Europea y otras potencias económicas asuman una postura de sincera disposición a colaborar con una salida urgente a la complicada maraña en que ha caído el Estado Haitiano.

Llegó la hora de actuar y mostrar una real intención de colaborar, de aunar esfuerzos y voluntades. Es la hora de congregar las mejores energías de organismos como la Organización de Estados Americanos, OEA, de la Organización de Las Naciones Unidas, ONU, de la Unión Europea y de todos los estados y gobiernos democráticos de la Región para ayudar a Haití a salir de este trance, que desborda sus capacidades, potencialidades y recursos.

República Dominicano, como estado que comparte la misma isla, como nación altamente solidaria, obvio que asumirá el papel que le corresponde, como un país, a todas luces solidario, con sensibilidad humana comprobada en muchas ocasiones con Haití, pero jamás podrán reclamarle, ni conminarla a cargar sola en su hombros el triste drama haitiano, generado por la irresponsabilidad del liderazgo político y empresarial.

Para los optimistas, nunca es tarde. Perder la fe y la esperanza en un momento crucial es lo peor que podemos hacer.

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