Patriotismo, nacionalismo y antihaitianismo

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El patriotismo es -sobre todo aunque no únicamente- un sentimiento de amor y devoción por la tierra que nos vio nacer (o en la que están anclados nuestros ancestros, memorias o vivencias más antiguos y duraderos), y en razón de las raíces familiares y sociales que habitualmente supone, también es una tendencia práctica a la identificación emocional con su pasado, su gente y su cultura. En tanto sentimiento, ese culto por el terruño propio (o de nuestros antepasados) casi siempre implica pureza de emociones, idealidad romántica y -cuando se hace imperativo- inclinación al sacrificio de vida y bienes en el ara de la patria. Como tendencia práctica, regularmente deviene un acto de intransigencia defensiva instintiva y una disposición espontánea de enfrentamiento contra lo que entrañe amenaza o cuestionamiento dañino de lo nativo, su existencia y sus cosas. El patriotismo -dados los perfiles reseñados- no sabe de oportunismos, mezquindades, intereses creados, egoísmos, transacciones, sectarismos o partidismos. En esencia, es una fe, no una idea, y debido a se siente más en el alma que en el cerebro (como los amores de verdad) no hay manera de darle elaboración conceptual ni de vencerlo con las armas convencionales de la lucha política o la guerra: el patriota no renuncia a lo que siente ni siquiera en la hora postrera de la muerte. El nacionalismo, igualmente, es en principio un sentimiento, pero de pertenencia social, identificación psicológica y filiación espiritual (referido a grupo humano, historia, tradiciones, cultura, lengua, etcétera) que, tras expresarse como acción política y concretarse en la fundación de un Estado, compromete a la defensa del territorio y (con base en el funcionamiento soberano de las instituciones que se constituyen bajo el amparo de aquel) a la protección de la integridad del conglomerado. (Es decir: en un momento de su desarrollo el nacionalismo puede desbordar sus contornos sentimentales y transfigurarse en una formulación ideológico-programática, y así dar origen a una actitud consciente y conceptuada -individual o social- de veneración por los valores inherentes a la nación y de defensa de los intereses históricos -no confundir con ideas, amaneramientos étnicos o proyectos politiqueros- del Estado en tanto totalidad social y sujeto constitucional). En otras palabras, el nacionalismo nace como sentido de identificación con un agrupamiento humano de perfiles antropológicos y caracteres históricos definidos, y aunque desde el principio puede alcanzar determinados niveles de conceptualización no se hace del todo racional sino cuando llega a tener conciencia de su propia existencia y logra edificar instituciones políticas: es en este momento que adquiere personería social y genera elaboraciones de pensamiento político que pueden llevar a la redacción y sanción de un Pacto Social o una Constitución. En el caso dominicano, el tránsito del patriotismo al nacionalismo dio su más documentado repique de campana con los pronunciamientos contra la ocupación francesa que en 1807 encabezaron Ciriaco Ramírez, Cristobal Huber y Salvador Félix (quienes contaron con el apoyo del presidente haitiano Alexander Petión), y se hizo oficialmente patente en las deliberaciones de la Junta de Bondillo de 1808 cuando las posiciones de éstos chocan con las de Juan Sánchez Ramírez y sus seguidores al llegar a término aquella importante jornada histórica. (Cierta historiografía sigue denominando “Guerra de Reconquista” a ese episodio de nuestra historia a pesar de que una de las consignas de los primeros sublevados fue “¡viva la patria”, y de que las actividades independentistas eran ya era un hecho incontrovertible antes de que Sánchez Ramírez, respaldado por el gobernador español de Puerto Rico, desembarcara por el Este y, luego de la batalla de Palo Hincado -hecho de armas que marca el principio del fin de la presencia francesa en esta parte de la isla-, impusiera su visión colonial del destino isleño). En el período histórico conocido como “La España boba” se produjeron varios brotes de nacionalismo militante, pero esa curiosa y lastimera etapa de colonialismo hispano que fue hija de la victoria política de Sánchez Ramírez en Bondillo no concluyó sino con el pronunciamiento separatista del 1ro. de diciembre de 1821 (la mal llamada “Independencia Efímera”), que entrañó la creación del “Estado Independiente de Haití Español” y que, bajo la dirección de José Núñez de Cáceres, intentó sin éxito situarse bajo la órbita solidaria y protectora de la Gran Colombia. Con todo y su naturaleza conservadora (y probablemente logrera, como apuntan algunos estudiosos), ha sido una villanía de nuestra historiografía disminuir la estatura histórica del movimiento criollista de Núñez de Cáceres, porque si bien éste se fue a pique por su inoportunidad circunstancial, la falta de apoyo (tanto interno como externo) y la subsecuente invasión haitiana que encabezó el presidente Jean Pierre Boyer a principios de 1822, se trató de la más resonante referencia de acción independentista en nuestra parte de la isla antes de la que se consumó en 1844. Ahora bien, el verdadero el nacionalismo dominicano (como sentido de pertenencia a una nación con voluntad independentista) echó sus raíces en la ocupación haitiana (1822-1844), y su expresión más emblemática -no sólo por su posterior grado de organización sino también por la definición que en ella alcanzó el ideal libertario- lo fue la fundación de la sociedad patriótica “Trinitaria” (no “La Trinitaria”) el 26 de julio de 1838, bajo el liderazgo de Juan Pablo Duarte, que involucraría a criollos (blancos, negros y mulatos, y descendientes de españoles, africanos, franceses, italianos, ingleses, etcétera) que abominaban del estado de cosas vigente. No hay que ser historiador ni tener una inteligencia einsteniana para comprender que el estado de ocupación y opresión política en que se encontraba esta parte de la isla (de tradición, cultura e ideología dominantes hispanas, y habitada por individuos de costumbres, lengua y religión distintas de las de los vecinos invasores), determinó los perfiles medulares del nacionalismo dominicano de la época: el antihaitianismo, el autonomismo libertario y el romanticismo político. Digámoslo de manera más directa: en la cuna de nuestro nacionalismo fundacional subyacía el antihaitianismo como elemento primordial, y esto resulta absolutamente entendible dados la naturaleza invasora y el carácter imperialista de la presencia del Estado vecino entre nosotros, independientemente de sus proclamas libertarias y antiesclavistas: no se puede olvidar que -a pesar de su división interna- Haití a la sazón tenía instituciones políticas rudimentarias y, tras reunificarse a la muerte del rey Henry Cristopher, se convirtió una verdadera potencia militar y económica en comparación con esta parte de la isla. Como se sabe, al momento del pronunciamiento del 27 de febrero de 1844 los conjurados estaban claramente diferenciados: un sector liberal e independentista (los antiguos “trinitarios”, de profundas convicciones nacionalistas y partidarios de la “pura y simple”), un bando conservador con estrategias disímiles (los propietarios antihaitianos y antiguos empleados del gobierno de ocupación cuyo objetivo era la separación de este último, no la total independencia), y el típico grupo vacilante y sin convicciones (que no comulgaba con ninguno de los anteriores o que oscilaba entre ellos como el péndulo de un reloj) atado al carromato de las circunstancias. La ideología y el proyecto nacional de los trinitarios se encuentran expuestos tanto en su juramento de adhesión como en los escritos y en el boceto de Constitución de Juan Pablo Duarte, y aunque sus representantes firmaron el manifiesto del 26 de enero de 1844 (que fue una transacción con los conservadores, pues habla de “separación” y no de independencia), su rol en los acontecimientos del 27 de febrero y en las posteriores luchas intestinas en la Junta Central Gubernativa no dejan dudas respecto a su filiación doctrinaria: el nacionalismo intransigente, libertario y romántico. Los conservadores, por su parte, no eran -como ya se ha sugerido- propiamente nacionalistas (se dividían en simples antihaitianos, afrancesados, pro ingleses, españolistas nostálgicos, etcétera) sino separatistas, y esta realidad se puso de manifiesto no sólo en las repetidas malquerencias dentro del órgano de gobierno de la nueva república sino también en las actuaciones posteriores de sus principales abanderados: desarrollaron una ingente labor en procura de situarnos bajo el protectorado de una potencia extranjera. El período histórico comprendido entre el contragolpe santanista del 12 de julio de 1844 (respuesta al golpe de Estado liberal del 9 de junio) y la jura de la Constitución del 6 de noviembre estuvo dominado por las contradicciones entre los diferentes bandos del sector conservador (convertido en rector de la vida nacional tras la persecución y dispersión de los trinitarios), y este último acontecimiento en buena medida fue resultado de la necesidad de formalizar la existencia de la república ante la imposibilidad de conciliar los intereses de tales fracciones: pese a lo que siempre se ha dicho, la verdad es que no sólo el fatídico artículo 210 liquidaba su espíritu liberal. Naturalmente, la resistencia de los vecinos de occidente a reconocer la ruptura de la parte este fue particularmente activa, y desde los combates del 19 de marzo de 1844 hasta las batallas de Sabana Larga y Jácuba de 1856 (en tres campañas militares no sucesivas) los dominicanos debimos asumir una viril postura en defensa de la independencia, lo que obviamente fortaleció entre nosotros el sentimiento nacionalista de anatomía antihaitiana, fenómeno válido y comprensible debido a que nos defendíamos de agresores consuetudinarios y peleábamos en defensa de la integridad nacional y de nuestra soberanía como Estado. Por otra parte, no se puede olvidar que la victoria conservadora en las luchas intestinas dentro de la naciente república implicó la virtual liquidación del sector liberal (cuyos remanentes, en un proceso de aclimatación que no ha sido suficientemente estudiado, terminaron en brazos de los amos del poder) y, con ello, la desaparición del nacionalismo intransigente y no sesgado (contra “toda potencia extranjera”, no sólo contra los haitianos agresores) que éste encarnaba. El carácter puramente antihaitiano (lógico y justificable, valga la insistencia, aunque no necesariamente patriótico o nacionalista) de los conservadores que se alzaron con el poder luego de la proclamación de la independencia quedaría al desnudo en 1861 (17 años después) cuando Pedro Santana ordenó arriar la bandera nacional en la explanada de la Catedral y sustituirla por la enseña de España: a diferencia de Duarte y los “trinitarios”, él no creía en nuestra independencia sino en nuestra separación de Haití. La conclusión, pues, parece obvia: la animadversión generalizada de los dominicanos del siglo XIX contra los vecinos del Oeste era lógica, natural y perfectamente comprensible (éstos eran una amenaza contra nuestra supervivencia como Estado), pero algunos de nuestros más destacados líderes de la época realmente no eran patriotas ni nacionalistas: eran simplemente antihatianos… Tal es la historia real detrás de la leyenda. lrdecampsr@hotmail.com

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