Las memorias de Molina Ureña

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El autor es escritor. Reside en Santo Domingo.

JOSE RAFAEL LANTIGUA

No es solo que la historia la escriben los vencedores, es que siempre habrá diferentes visiones y versiones de la historia, sobre todo cuando los sucesos se desarrollan en distintos escenarios.

La revolución de abril contiene una historia compleja, porque los acontecimientos que la generaron y los hechos que la configuraron son múltiples y tienen diferentes protagonistas. La guerra abrileña tiene una visión desde las oficinas del edificio Copello, y otra desde los comandos; como tiene la suya propia la que se vivió en el Hotel El Embajador o la que se sufrió en la batalla del Puente Duarte; la que conocieron los reporteros extranjeros, la que se manejó en las mesas de los acuerdos y las negociaciones, la que vibró en el sacrificio y bravura de las mujeres combatientes, o la que padecieron los pocos o muchos que no tomaron partido por ninguna de las partes en conflicto y que solo deseaban el fin de la contienda.

No es la misma guerra la que se vivió desde la ciudad intramuros o la casi desconocida que se sufrió desde San Isidro, como no es la misma visión la de los perredeístas, reformistas, socialcristianos y catorcistas, como la de otros sectores de la derecha o la izquierda que jugaron roles temporales o permanentes, activos o limitados en la conjura previa y en el curso de los episodios que construyeron el estallido y sus consecuencias.

La guerra de abril es incluso diferente cuando la reporta un periodista alemán o un cronista norteamericano, cuando la reseña un historiador o la rememora el testimonio de un soldado constitucionalista, cuando la escribe un investigador que cuando la patentiza un poeta.

Tad Szulc en su “Diario de la guerra de abril de 1965” ofrece una crónica pormenorizada de la revuelta con la descripción de sucesos que nadie más ha relatado, mientras que Jay Mallin en “El crisol dominicano” escribe una visión parcializada y por encargo. Dan Kurzman en “La revuelta de los condenados” forja una visión muy personal que condena la intromisión de EUA en el conflicto, y José A. Moreno en “El pueblo en armas” visiona la guerra desde un ejercicio sociológico que convierte su narrativa del suceso abrileño en el primer análisis formal del mismo, describiendo “una tipología de los rebeldes” que es un referente único al respecto.

Marcel Niedergang en “La revolución de Santo Domingo” forja un relato que a veces contiene yerros, en otras luce muy radical, pero en las más oferta revelaciones que contribuyen a comprender mejor el curso de la crisis, mientras que Piero Gleijeses en “La crisis dominicana” (ampliada y mejorada en “La esperanza desgarrada”), formula un trabajo de tesis a caballo entre la crónica de visión académica y el balance crítico de la epopeya.

Los escenarios de la guerra de abril son pues, diferentes. Y aunque la guerra contenga en el inventario de sus hechos fundamentales la realidad histórica que la crea y la trasciende, no tenemos dudas de que el revelado de sus entretelones sigue rutas de contenido y experiencia disímiles en los cuales el historiador ha de seguir hurgando hasta que pueda configurarse una visión lo más objetiva y amplia que merece como episodio capital de la vida dominicana.

De ahí que las memorias del suceso tengan siempre un valor incalculable, no importa que las visiones puedan desmontar altares consagrados, corregir juicios tenidos como definitivos, albergar errores de apreciación o simplemente contener elementos que puedan considerarse como frutos de pasiones o animadversiones nacidas antes o durante el conflicto.

Para ir configurando la historia con su vestidura de justicia y verdad, los recuerdos y enfoques de los diversos escenarios de la contienda que han venido elaborándose desde las posiciones de quienes tuvieron presencia en la misma, se inscribirán siempre como inestimables. Señalo a Jesús de la Rosa, Bonaparte Gautreaux Piñeyro, Claudio Caamaño, Rafael Cruz Peralta, Edgar Hernández Mejía, los testimonios compilados por Franklin J. Franco, entre otros textos de valor.

Y no debo dejar de incluir las ponencias del histórico seminario sobre la revolución abrileña organizado por el intelectual José Miguel Soto Jiménez cuando fungió como Secretario de Estado de las Fuerzas Armadas, que reunió en un mismo escenario a actores de los bandos enfrentados.

Creía haber leído todo ya (es un decir) sobre la revolución de abril, cuando el viernes de la semana pasada, mientras cenábamos en casa con un grupo de amigos escritores, Bernardo Vega me sugirió la lectura de las memorias del doctor José Rafael Molina Ureña, quien fuera presidente de la república en armas por pocas horas en los plenos inicios de la contienda.

Recordé que había adquirido un ejemplar del libro pero no me interesó abordar su lectura de inmediato. Obviamente, ante la recomendación de un historiador exigente y meticuloso me sumergí al día siguiente en la lectura de este testimonio que a no pocos habrá de disgustar, pero que hemos de examinar como una de las visiones de necesario conocimiento sobre la guerra de abril, por dos razones irrefutables: el autor cumplió una misión de vanguardia en la conjura contra el Triunvirato y en los pormenores organizativos del plan de vuelta al poder de Juan Bosch, y su rol ha sido desdibujado -cuando no vilipendiado- históricamente sin que, hasta el momento de la publicación póstuma de estas memorias, se haya conocido en detalles su versión de la contienda.

JUICIOS CONTROVERSIALES

Molina Ureña formula juicios controversiales, sobre todo en lo relacionado con la participación de Francis Caamaño y José Francisco Peña Gómez en la conjura y en los inicios de los sucesos abrileños, que no serán temas en los que deba ocuparme ahora.

Incluso, su relato sobre el periodo posdictadura, su militancia en el 1J4, su paso al PRD, el gobierno de Bosch y la labor que le asignara el mandatario derrocado tanto durante los siete meses de su gobierno como en la dura etapa de conformación del movimiento constitucionalista, todos llenos de informaciones inéditas, podemos pasar por alto al momento, solo para afirmar que dentro del escenario donde él fue guía restringido y líder sin tropas creo que la suya es la mejor reseña que conozco sobre los preparativos del golpe y, específicamente sobre lo acontecido en el Palacio Nacional del 24 al 27 de abril, o sea, cuando todavía los perfiles de la guerra fratricida no estaban claramente definidos y la confusión reinaba prácticamente en los diferentes escenarios del conflicto.

Vinculado al liderazgo del coronel Rafael Tomás Fernández Domínguez (“Siempre me pareció un militar resuelto, inteligente y serio, y a todas luces, conocedor de sus deberes cívicos y militares. Educado, de trato afable, de verbo fácil y rico en matices gramaticales y de un carisma arrebatador, que motivaba e inspiraba seguirlo”), Molina Ureña movió respaldos en diversos grupos, civiles y militares, para enfrentar al Triunvirato y reponer a Juan Bosch, aunque deja claramente advertido que apoyos de importancia ponían reparos a la posibilidad del retorno de Bosch a la presidencia del país, aunque sí a la deposición de los triunviros y a un cambio de mandos en la jefatura del Estado.

Asombra conocer la cantidad de gente de relevancia que participó en la conspiración que desembocó en la guerra, conjura muy estratificada porque cada grupo tenía objetivos diferentes y actuaba desde posiciones contrapuestas. Menciono solo a civiles, que los militares es lista aparte: Zaida Ginebra, Nicolás Silfa, Manolín Jiménez Rodríguez, Dr. Anecto Gómez, Barón Suero Cedeño, José Eligio Bautista Ramos (Mamellón), Caonabo Javier Castillo, Luis Dihmes Pablo, Guaroa Liranzo, Arnaldo Espaillat Cabral, Luis Homero Lajara Burgos, Homero Hernández Almánzar, Francisco Gómez Estrella, Bienvenido Hazim Egel, Ángel Ramis, Marino Piantini Espinal, Aníbal Campagna, Salvador Jorge Blanco, Francisco Augusto Lora y para detener las menciones, José Enrique Piera, padre de Nuria Piera.

Fue una conspiración donde se aunaron voluntades desemejantes. Unos provenían de escisiones del tren golpista, otros querían restablecer el orden constitucional pero sin Bosch, otros se unían al derrotero para facilitar la entrada de Joaquín Balaguer a la tómbola política, algunos más se sentían asqueados del vaho corruptor del Triunvirato y los hubo que decidieron ser parte de una nueva búsqueda de la dignidad nacional perdida el 25 de septiembre de 1963. Las visiones y versiones de la historia de abril de 1965 son complejas y distan mucho aún de estar total y fielmente completadas.

MIS MEMORIAS

JPM

 

 

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