Pena de muerte y cadena perpetua

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EL AUTOR.

POR   SERVIO PEÑA

Observamos diariamente en las redes sociales el clamor de que en la República Dominicana se sancionen ciertas infracciones graves al estilo actual de Singapur, pese a que la organización Amnistía Internacional sostiene que no hay lugar en el mundo donde se haya demostrado que la pena de muerte ejerciera eficacia especial para reducir la delincuencia.

Analistas mediáticos dominicanos exigen a voz en cuello que determinados delitos sean castigados como lo hacen en China, Irak, Irán y Arabia Saudí, no obstante oposición del Comité de Derechos Humanos creado en virtud del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, y en contraposición de la tendencia mundial de la política criminal del Estado que se encamina a la abolición total y definitiva de este castigo extremo.

Se escucha desear con insistencia en los variopintos corrillos y mentideros del país que el alto índice de criminalidad que vivimos sea combatido con ejecuciones públicas y televisadas, como las producida y programada para los días 8 y 15 de noviembre de 2017 en Texas y Ohio, Estados Unidos de América, contra Rubén Ramírez y Alva Campbell, respectivamente, aunque la Declaración de Estocolmo censure la pena capital en todas sus modalidades y considere las sentencias que así lo disponen como producto de juicios injustos.

El dominicano común reclama que todo culpable de cometer un crimen atroz sea muerto en la plaza pública como único castigo eficaz contra el acto abominable y remedio definitivo para evitar su repetición, desconociendo que la mayoría de los países son abolicionistas de esta sanción declarándolo en sus legislaciones o rechazándola en la práctica, por objetar que el Estado permita la muerte de un ser humano de forma premeditada y a sangre fría, situación por demás irreconciliable con el respeto a los derechos humanos.

En la República Dominicana se propende a respaldar la introducción en el Código Penal de la cadena perpetua y otras sanciones privativas de libertad que doblen el tiempo máximo de las actuales, llegándose a reclamar la modificación de la propia Constitución para tomar legalmente la vida de quienes osaren perpetrar crímenes de genocidio, terrorismo, narcotráfico, sicariato, violaciones sexuales, asesinato y robos al erario, a contrapelo de todo esfuerzo por educar en valores para el civismo.

En nuestra penosa actualidad, hombres y mujeres aprueban con beneplácito los actos de eliminación física contra supuestos delincuentes por agentes policiales o de linchamientos de alegados malhechores flagrantes, privilegiando así el criterio que entiende preferible castigar a un inocente que perdonar a un culpable, en ingenua contradicción con el sabio principio ulpianiano que sostiene lo contrario.

Lo dicho se verifica en el territorio nacional porque la criminalidad ha crecido vertiginosamente en los últimos tiempos poniendo en peligro constante la seguridad ciudadana y porque los antisociales se han adueñado de las calles mostrándose desafiantes y a plena luz, haciendo que el temor se acreciente en la población cada vez menos protegida.

¿Qué hacer ante esta realidad? ¿Legalizar la pena de muerte, aumentar la privación de libertad hasta cadena perpetua o recurrir a fórmulas alternativas más civilizadas y eficaces

JPM

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  • HAL 9000

    Es que no se le puede pedir a un pueblo sadico y violento como este que entienda que eso no reduce la violencia. El pueblo es violento y malicioso.

    • País Soberano

      Cómo el pueblo, amigo? Estás englobando a toda su gente, y como que eso es ”mucho”. Yo, pensaba que los que nos desgobiernan, con sus asechanzas, injurias, traiciones, latrocinios, prevaricaciones, robos descarados, sobornos, corrupciones y sicariatos, eran hasta màs bandidos, criminales, delincuentes, ladrones y arteros hasta que los mismos delincuentes comunes, y vienes a acusar a todo un pueblo, excento de todas esas maldades de los que nos desgobiernan, verdaderos delincuentes de cuello blanco y los delincuentes comunes, verdaderos bebès de pecho, al lado de estos esbirros desgraciados.