OPINION: Haití-RD, Tiempo de olvidar agravios

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EL AUTOR es profesor de Sociología. Reside en Santo Domingo

Las relaciones entre la República Dominicana y Haití se caracterizan por la supervivencia de viejas aversiones.  Ambos estados solo preconizan las ofensas del pasado, desenfocándose de la oportunidad que reviste su cercanía geográfica para ensanchar lazos económicos, políticos  y culturales de provecho para ambos lados de la isla.

 

Dominicanos y haitianos interiormente se maldicen por compartir una misma isla. Ni uno ni el otro desea que el vecino exista, porque los canales de socialización y educación se han encargado de inculcarlo de esa manera.  Ambas naciones actúan desconociendo que la construcción social de los pueblos son procesos, no hechuras mecánicas, paridas por  subjetividades acomodaticias.  Es imposible toma un serrucho y dividir la isla para separarnos.

 

Desde el inicio de la conquista y desculturacion de las tierras denominadas América, los conflictos geográficos de Europa se trasladaron a la región del caribe, convirtiendo esta zona en laberinto de sus guerras e intereses.  En el caso de España y Francia, su rivalidad motivó que el Rey Felipe II instruyera las devastaciones de territorios de la banda norte y sur de nuestra isla.

 

El Gobernador Antonio de Osorio  en 1605 y 1606,  tras las devastaciones, implantó nuevos límites  geográficos: en el norte Santiago y en el sur Azua, por lo que todo el oeste isleño quedó libre, a merced de intrusos, especialmente filibusteros y bucaneros.  Francia se apoderó de  la Isla de la Tortuga y luego de más  y más territorio insular, instalando una colonia con una economía de plantación –basada en la producción de azúcar, café, algodón, añil y otros rubros-que produjo gran riqueza a los galos.

 

Fue la torpeza geopolítica de España que provocó que Francia le arrebatara la porción oeste de la isla La Española, y afincara una colonia de plantación agrícola, impulsada por negros traídos a la fuerza desde África.

 

La posesión francesa será legitimada por el Tratado de Riswijck de 1697. Y peor, toda la isla fue entregada a Francia a través del Tratado de Basilea en 1795.

 

El prócer haitiano Toussaint Louverture inicio el proceso de independencia de la vecina nación en 1792, el cual fue completado por Jean Jacques Dessalines el 1 de Enero del 1804, erigiendo a Haití como el primer  país negro del mundo en obtener su independencia, el segundo país del continente en lograrlo y lo más importante, en ser la primera nación del mundo en proclamar la abolición de la esclavitud.

 

Por razones históricas particulares, nuestra independencia la conquistamos de Haití. Y la resistencia para asegurar la separación del 1844 al 1855,  fue cruenta y azarosa.  Pero estamos obligados a pasar la página,  olvidar agravios y centrarnos en ver lo auspicioso del porvenir para ambas naciones.  En una misma isla antillana coexisten dos pueblos con características y cultura muy diferenciadas, que no tienen otra opción que la convivencia pacífica y armoniosa.

 

La UNESCO en 2005, certeramente estableció que “la cultura en su rica diversidad, posee un valor intrínseco tanto para el desarrollo como para la cohesión social y la paz…La diversidad cultural es una fuerza motriz del desarrollo, no solo en lo que respecta al crecimiento económico, sino como medio de tener una vida intelectual, efectiva, moral y espiritual más enriquecedora”.  

 

Europa logró olvidar y sanar las heridas que provocaron en el siglo pasado Adolfo Hitler y la Alemania que promovía una inverosímil  superioridad racial,  y hoy exhibe la más poderosa asociación económica y política del planeta, integrada por 28 naciones con quinientos dos millones de gentes.

 

En el caso dominico-haitiano, los prejuicios, estereotipos, la xenofobia y el racismo que se cobijan en el ultranacionalismo, impiden pasar la página.

jpm

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