Noches del Palmera Bar: Picoteando mayas entre balaceras, junto a ‘Nonito’ en La Loma

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EL AUTOR es escritor e investigador histórico. Reside en Santo Domingo.

Apenas una vetusta estructura que durante un tiempo fue redil de una bandería política y, más recientemente, el acogedor recinto de una frecuentada fonda de expendio de ricos platos que engalanan nuestra gastronomía, sobrevive en el presente de lo que, en su momento, fue el más prestigioso santuario de la música y la diversión de Loma de Cabrera, y donde se dieron cita destacados exponentes de la música, la balada y el merengue, en disimiles vertientes.

‘Palmera Bar’ llevó por nombre. Un dejo de nostalgia y respeto ha permitido que, disimulado en lo alto de las paredes y coqueteando con algunas pencas de palma que aun adornan el local, se pueda entrever los trazos del nombre de esta atrayente, concurrida y emblemática sala de fiestas y eventos, cuyo recuerdo corre parejo con las vidas de todos cuantos tuvimos el placer de convivir en los predios de la citada ciudad fronteriza, adscrita a la provincia Dajabón como uno de sus más destacados municipios.

En su interés de hacer partícipe a ‘lomeros’ y visitantes de la efervescente pasión que le corría por dentro y le hacía participar, de manera activa, en toda clase de fiestas, francachelas y jolgorios detrás de los más renombrados grupos de música típica del momento, el hacendado y comerciante local Nonito Díaz, concibió la idea de instalar un centro de diversión en pleno centro de su pueblo natal, con lo cual lograba mantenerse fiel a sus raíces y afinidades juerguísticas, al tiempo que llevaba un poco de diversión y variedad a sus compueblanos.

Así nació el Palmera Bar, el emblemático centro de diversión que, en los años 60’s y 70’s insufló alegría e inolvidables recuerdos en el corazón de varias generaciones de jóvenes y adultos, hasta terminar eclipsado, por ley natural de la vida, en décadas más recientes.

Gracias a su don de gentes y su trato afable, Nonito, como cariñosamente se le conoce en ‘Loma’, logró proyectar al ‘Palmera’ en el gusto de compueblanos y residentes en poblados vecinos, así como a visitantes de todo el espectro nacional que acudían a la bucólica comunidad atraídos por el ambiente provinciano y el embrujo propio de las serranías y estribaciones de la ladera norte de la cordillera central, así como por el revuelo que provocaban a su paso los artistas y grupos folklóricos anunciados como atracción del momento, en las patronales, en eventos patrióticos o cualquier otra celebración que sirviese de pretexto para montar un rumbón, al mejor estilo noroestano y fronterizo.

Nonito no se detenía en gastos ni en detalles al momento de concertar la presentación de un artista en su reconocido centro de bailes. Por encima del atendible  aspecto de las posibles ganancias y el balance entre estas y la obligada inversión que conllevaba la presentación de un artista de prestigio, en el ánimo de Nonito primaba el interés de ofertar un espectáculo con la calidad y vistosidad que sus compueblanos se merecían.

Por ello, es justo anotar que, dadas las condiciones socioeconómicas de la comunidad en que se encontraba entroncada la sala de fiestas, el costo de inversión de algunos eventos no se compensaba con el pago de entrada y el consumo del público asistente, lo que no era óbice para que en el ánimo del bonachón hacendado enganchado a mecenas del arte y la cultura floreciese la satisfacción, al notar la alegría estampada en el rostro del público asistente a sus eventos. 

Aquellos fueron los tiempos gloriosos de Tatico Henríquez, que tras su salida del ‘Trío Reynoso’ se encaminaba de manera avasallante a reconquistar el justo lugar del merengue típico o merengue liniero, en su versión más delirante conocida como Perico Ripiao.  ‘El Picotiao’, heredado de sus años con el Trío Reynoso, ‘La Maya Prendía’, ‘La Mecedora’ y La Balacera -basada en una jocosa experiencia carcelaria del juglar oriundo de Nagua y establecido  en Santiago de los Caballeros-, entre otras muchas composiciones de su autoría, se constituyeron en populares piezas del folklore popular, en aquellos años, y en el mecanismo de proyección, no solamente de Tatico sino también de Nonito.

En adición a la efervescencia popular, y de manera especial para levantar el espíritu localista de los lugareños, fruto de una amigable polémica entre ambos amigos surgió el contagioso merengue ‘Nonito en la Loma’, que al tiempo de inscribir a Loma de Cabrera, una vez más, en el pentagrama folklórico nacional, dotaba a la pintoresca población de una pieza que habría de convertirse, con el paso del tiempo, en una especie de himno nacional, tarareado por la gente en lo más profundo de su corazón, para mantenerse apegado a la idiosincrasia regional.

Estos elementos contribuyeron para proyectar de una manera muy especial a Tatico Henríquez en el corazón de los miembros de la comunidad, y hoy por hoy su recuerdo es venerado por todos los que nos encontramos atados de manera filial y afectiva con el citado terruño.

Unas veces interactuando juntos y otras por separado, en el Palmera se dieron cita innúmeros exponentes del arte que constituían la constelación musical del momento. Fefita la Grande -‘La Mayimba del merengue típico’-, Bartolo Alvarado -‘El Cieguito de Nagua’-, y Guandulito, así como las pujantes orquestas de jóvenes merengueros emergentes de esos años, son apenas una muestra de la constelación de estrellas que desfiló por el popular establecimiento.

 

Y ya que de merengue hablamos, traigo a cuento una hilarante anécdota que involucra a una emblemática persona, muy querida en el entorno familiar del suscrito:

Una popular merenguera del género típico se presentaba de manera casi regular en los salones del Palmera, en días de fin de semana y en las fiestas de la Altagracia (21 de Enero), lo que concitaba una nutrida asistencia del público, para satisfacción de Nonito y orgullo de la popular artista folclórica.

En aquellos tiempos, tales presentaciones eran hechas de público conocimiento y de manera insistente a través de las ‘guaguas anunciadoras’, que recorrían la población y comunidades vecinas en los días previos al evento. Asimismo, se hacía uso de las frecuencias radiales en las emisoras de la región, se colocaban carteles en las esquinas de las calles y se producían avisos en el cine local, en el transcurso de difusión de las películas.

Todo mundo estaba enterado de la agenda artística del momento y, acorde con ello, la gente se preparaba para la ocasión. Algunos llegaban al extremo de ‘reservar mesas’, para no correr el riesgo de quedarse sin asiento, en llegando el día.

Uno de quienes llegaban a estos extremos de fidelidad y afición con el artista del momento lo era Rafaelito, un militarote de recia formación y mucha fama en la población, con marcada inclinación a los tragos y a los líos de faldas y quien, entre otras cosas, no paraba mientes a la hora de poner en movimiento sus aprestos mujeriles, cuando alguien del sexo femenino le agradaba.

Y en el caso que nos ocupa, estaba enfocado en conquistar a la merenguera del momento, que para aquellos años, comenzaba a despuntar como la más fiel exponente del merengue típico, gracias a un magistral manejo del acordeón y la picaresca sensualidad y gracejo que le ha caracterizado en su paso por el arte.

En llegando la fecha de la esperada presentación, el militar se apersonó a la sala de fiestas y se apertrechó del espacio reservado, en una posición estratégica que habría de permitirle disfrutar  a plenitud del espectáculo que la artista tenía previsto para aquella noche, al tiempo que tendría el terreno franco para hacerla partícipe, de manera expresa, de sus románticas intenciones.

Entre tragos, saludos e insinuaciones, discurrió la primera parte de la velada. Exquisitas bebidas de costoso licor se enseñoreaban de la mesa del impaciente enamorado y, tantas veces como le era posible, se explayaba ordenando tragos y otras ‘atenciones’ para la artista de la noche, acción en la que se  hacía auxiliar de manera discreta por uno de los camareros.

Sin embargo, el efusivo galán no había previsto entre sus planes el hecho de que alguien le llevó el chisme en bandeja de plata a su mujer y, dada la calenturienta naturaleza de la dama en cuestión, ésta se alistó de inmediato y, sin hacer caso a  consejas ni recriminaciones de familiares cercanos, partió rauda hacia el citado bar, dispuesta a darse a respetar como esposa ofendida, ante quien fuese necesario y por las vías que el momento indicase.

 

… Y para hacerlo más ostensible, y por previsión, se echó en la alforja, como al descuido, un viejo puñalito, de poco uso, pero de respetable tamaño. Por si se hacía necesario empuñarlo!

 

Con tan tremebundo refuerzo, se apersonó en los salones del afamado Palmera Bar y, sin pensarlo dos veces, se dirigió rauda hacia la mesa que ocupaba su marido, quien se mantenía expectante, a la espera del efecto que pudiesen surtir los efluvios amorosos que se había empeñado en difuminar.

Una compleja mixtura de asombro, ira y frustración cundieron de inmediato en el ánimo de Rafaelito, al descubrir los demonios que se aposentaban en el espíritu de Rosarito, su mujer, dispuesta a hacerse sentir en pleno escenario del sitio de bailes.

Conocedor de la levantisca naturaleza de la mujer, que no paraba mientes a la hora de jalarse de las greñas con cualquiera que ofendiese su naturaleza femenina o pusiese en peligro la seguridad de su prole y familia en sentido general, en el resto de la velada al timorato marido  no le quedó otro remedio que dedicarse a apaciguar a la dama y tratar de disipar, con hechos, el efecto de los chismes que le habían vendido a esta de manera artera e insidiosa.

Dicen las malas lenguas que alguien con espíritu preventivo y conciliador se acercó a la jovial y coqueta merenguera y le alertó sobre las funestas consecuencias que podrían derivarse de un altercado con Rosarito,  aquella noche. Entre las cosas que le contaron estaba el hecho de que la furibunda esposa estaba apoyada por una numerosa y destacada familia establecida en los predios de Capotillo y constituida por más de 10 aguerridos hermanos y relacionados, quienes que no iban a dudar un segundo en tomar cartas en el asunto, en caso de que esta fuese agredida u abochornada.

Definida de tal suerte la cuestión, el momento demandaba ecuanimidad y colocar tierra de por medio, tan pronto la ocasión lo permitiese.

Y en efecto, así ocurrió. Cuentan que la merenguera con su acordeón y demás integrantes del combo a cuestas salieron aquella noche del establecimiento acompañados de una discreta protección militar que la escoltó hasta la salida de la población, más allá del puente del Masacre, para que pudiese seguir su recorrido y llegar a salvo hasta su domicilio, por los predios de Sabaneta, en la provincia Santiago Rodríguez.

 

Con sus alzas y bajas, en el curso de los años el matrimonio de la irascible Rosarito y su voluble y escurridizo marido siguió adelante y hoy día ésta jocosa anécdota es recordada con un dejo de hilaridad por familiares y amigos de su conglomerado social.

Don Nonito Díaz, con los achaques propios de la edad, y el antiguo Palmera Bar, con sus glorias e inolvidables recuerdos, permanecen aún en Loma de Cabrera, observando taciturnos el discurrir del tiempo. Por los añosos salones del local ha desfilado toda suerte de establecimientos de diferente  variedad, sin haber podido recuperar el esplendor de aquella época: Recuerdos, anécdotas y nostalgias que han de quedar grabados por siempre, en la mente y el corazón de quienes estamos aferrados al terruño y disfrutamos aquellos años y sus jocosas e inolvidables  incidencias.

 

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