Al Bosch que conocí, hay núcleos que desean secuestrarlo y cambiarlo. Desean elevarlo por encima de sus conciudadanos, enajenarlo de sus luchas comunes, alejándolo de la imaginación sencilla de su pueblo. Esos reductos político-sociales quieren un Bosch abstracto, que no encarne lo que realmente fue: la honestidad del dominicano humilde, que avalaba su palabra con la mirada franca o con el pelo del bigote cuando el negocio o el trato estaba de por medio.
Nos quieren cambiar al Juan Bosch que mandó a reclutar al mejor amigo, al buen vecino, al mejor padre o madre, al buen hermano, al buen hijo, para ser parte de su partido.
A ese Don Juan que destilaba sensibilidad humana en cada una de las gotas de tinta que salían de su pluma, el que aceraba el calor deslumbrante de una carretera muerta en el dramático gesto de una mujer golpeada, aquel de piel atormentada por los escalofríos y la fiebre del anciano que el patrón al despedirlo enfermo aun le pide que a su salida “mire usted a ver si ve la vaca”, a ese Juan Bosch lo quieren secuestrar.
Él fue de carne y hueso con debilidades y virtudes, donde estas últimas (las virtudes) inclinaron increíblemente la balanza. Lo inverosímil es que sus enemigos, aquellos que se pasaron gran parte de sus vidas combatiéndolo a él o a sus proyectos, esos complicados personajes sin recato y sin dignidad en su linaje, lo han tomado prestado para esconder sus indelicadezas y sus vicios, sin darse cuenta como relumbra su vergonzosa desnudez al mencionar su nombre o querer equipararse a su figura.
Juan Bosch se resiste a alejarse del pueblo, se resiste a subir a indolentes altares, se resiste a servir a objetivos indecentes que no sirvan para servir al pueblo, se resiste a morir a la grandeza de sus sueños, se resiste a ser tomado como instrumento indecoroso y vacuo. No puede ser, ni será nunca ajeno al sufrimiento y a las limitaciones de los que él mismo bautizó como hijos de Machepa, a esos que trató de educar con las palabras simples creadas por su genio, cuando el objetivo electoral no se veía al doblar de la esquina.
Si en verdad estimamos su ejemplo, si en realidad aprendimos sus enseñanzas, vamos a dejarlo en donde quiere estar, abonemos su puesto en el seno del pueblo, para que como un faro ilumine el camino, para que siga sirviéndole a su patria como él siempre soñó, aun… después de muerto.
sp/am