Más adelante, el laborantismo anti-boschista encontró firme apoyatura en la ausencia obligada del padre creador de la entidad, quien seguramente, en circunstancias normales de salud, no habría aceptado semejantes readaptaciones, todas absolutamente encontradas con sus prédicas fundacionales. Claro, la derrota del partido boschista se logró sin bulliciosos contradictores, también, porque la militancia histórica del PLD estaba hechizada por la personalidad y el verbo del joven nuevo líder, amén del deslumbramiento general ante la cercanía de la simbología y los privilegios eventuales del poder total.
Por lo demás, había un cadáver (el del viejo PLD), y alguien debía ser el sepulturero. Frente a los hechos consumados, lo que restaba era seleccionar a la persona indicada para ello. Los más de los barones del peledeísmo, atrincherados en el tinglado de la “inteligencia” oficial, evadieron toda posibilidad de desempeñar tal rol, sabedores del riesgo que ello conllevaba ante las bases del PLD. De ahí que se mostraran risueños ante la disposición que para ello mostró el joven nuevo líder, de rostro corriente, verbo fácil, porte profesoral, excelente manejo del escenario y, por añadidura, nimbado de cierta autoridad moral por ser el más reciente compañero de boleta de Bosch. No había mejor sepulturero que el último favorito del fundador, por lo que esto significaba para la militancia de la organización y por las propias molestosas aspiraciones de ese discípulo. Era una jugada perfecta para los barones del peledeísmo.
Fue así como, campaña en marcha, la transformación de la entidad se aceleró bajo la vocería fundamental del doctor Fernández, y avanzó en la misma medida en que él se iba imponiendo como líder dominante sobre los aludidos barones del peledeísmo. En verdad, éstos fueron por lana y salieron trasquilados: a la postre resultaron avasallados por el apoyo que concitaba el joven dirigente. A regañadientes, pues, terminaron a la zaga de aquel. En el fondo, sin embargo, como demostraron los sordos choques internos en los eventos eleccionarios peledeístas posteriores, se trató de una adaptación resignatoria destinada a evitar la muerte política y a intentar ganar tiempo.
La nueva táctica, empero, también le fracasó a los barones del PLD que habían optado por “parquear” sus ideas y sumarse taimadamente al discurso efectista, retórico y desideologizado del doctor Fernández, pues sus posibilidades reales de impedir la plena imposición de ese liderazgo en ascenso quedaron tronchadas por el hecho de que los grupos conservadores del país se empezaron a sentir muy a gusto con el mismo (la fragilidad de las convicciones conceptuales del doctor Fernández le permite entenderse con cualquiera, no importa que sea de extrema derecha o de extrema izquierda), decidiendo a la larga hacerlo suyo. Esta decisión involucró al PLD: el conservadurismo resolvió que desde ese momento este era su partido, y muchas figuras de este sector, incluyendo a representativos de las familias del gran dinero del país, festivamente se sumaron a la organización.
Por supuesto, hay que reiterar que todo ello implicó, ya para 1999, una ruptura total del PLD con el pensamiento boschista y con una parte de su base tradicional, y, subsecuentemente, un acercamiento sin remordimientos ni convicciones tanto a algunos grupos retrógrados de la vida nacional como a las concepciones neoconservadoras: primero por vía nacional, pero luego a través de la parte de la socialdemocracia europea embrujada por la globalización y el librecomercio. El verdadero responsable del viraje del PLD hacia el conservadurismo fue, pues, el doctor Fernández, y nadie más. Este es su gran mérito como líder interno, sea que merezca aplausos o sea que provoque cortadas de ojo.
Naturalmente, es fuerza reconocer que sin esa voltereta las posibilidades del doctor Fernández de alzarse con el liderazgo total habrían sido nimias, lo mismo que las probabilidades electorales del PLD en el escenario político dominicano (hay casi una relación de causa y efecto entre ellas), y que extrañamente los barones de la organización obviaron esta verdad elemental. Al final, cuando el doctor Fernández se afianzó en el liderazgo interno y, al mismo tiempo, logró que éste quedara vinculado e identificado con las victorias del PLD y el ejercicio clientelar del poder político, aquellos tuvieron que pagar su inadvertencia con la moneda del vasallaje obligado.
De manera, pues, que vistas bien las cosas, y al margen de si fue obra de un accionar conciente del nuevo liderazgo, de favorecimientos coyunturales o de yerros de los barones de la organización, lo cierto es que desde 1999, por lo menos, ya el doctor Fernández había logrado imponer en el PLD su liderato, su estilo y su credo. Desde ese año, es su partido…sólo suyo. Lo otro no es más que pataleo, no importa que sea legítimo o del bueno.