La reacción de Jesús ante las multitudes

imagen
EL AUTOR es escritor de temas cristianos.

En medio de la multitud, la persona tiende convertirse en un número. Casi siempre cuando se habla de multitud, lo importante no es quien o quienes estaban. La pregunta a responder es, ¿cuántos estaban?

El éxito de cualquier espectáculo actual es medido por la cantidad de personas que asistieron al mismo. Una de las mayores pretensiones de los hombres es tener todas las voluntades a su favor, o por lo menos, un número tan considerable que le garantice poder y consentimiento. Aunque las multitudes resultan engañosas y variables, los políticos pierden la cabeza por sentir el calor de ellas, sin tomar en cuenta que en un momento adoptan una posición y rápidamente pueden pasar al lateral opuesto.

El caso de Jesús es muy singular. La reacción de Jesús ante las multitudes que le rodearon evidencia que no se dejaba impresionar por las masas. Esa tumultuosa sinergia que generan las aglomeraciones humanas y las hacen proclives a los más interesados manejos  de quienes buscan arrear voluntades hacia su causa, no hicieron que Jesús perdiera su enfoque y su propósito, que siempre ha sido alcanzar a las personas con toda la dignidad que poseen.

Jesús no vino al mundo a validar su misión sobre la aceptación o no de la gente. Independientemente de todo lo que pudiera suceder en su entorno, Él tenía claro cuál era su misión. Esto lo hizo permanecer imperturbable y ecuánime ante el empuje veleidoso de las multitudes que se aglomeraban alrededor su persona y sus prédicas.

A pesar de que tenía muchos factores en su contra, Jesús no se presentó como líder complaciente que empleaba los recursos disponibles de su época para atraer las muchedumbres. Carecía de abolengo familiar, de formación académica reconocida y de riqueza, factores básicos que, por lo regular, tienden a aglutinar multitudes, a crear fama o a lograr el tan deseado reconocimiento colectivo. En esta situación desfavorable tuvo la capacidad de convocar las multitudes, sin perder nunca el interés por el individuo. Su plan no estaba concebido para impactar multitudes, sino para transformar personas.

En ocasiones el Maestro quitó su atención del gentío para atender una situación particular. Este fue el caso de una mujer que tenía un largo padecimiento e hizo grandes esfuerzos por acercarse a Él. Temerosa, y salvando distintas dificultades, esta mujer, en un gesto de fe, pensó en solo tocar el manto de Jesús, y con hacerlo,  esto fue suficiente para ganar toda su atención.

Podemos apreciar en el libro de Lucas como trataba Jesús a las personas dentro de la multitud: “Cuando volvió Jesús, le recibió la multitud con gozo, porque todos le esperaban.” Es en medio de este calor de las masas que Jesús se ocupa de Jairo, un principal de los judíos que se le acercó para pedir ayuda para su hija que estaba enferma. En el mismo cuadro aparece la mujer ciro fenicia y ante la reprimenda de sus seguidores, Él le presta su atención personalizada (ver Lucas 8: 40-53).

Cuando Jesús multiplicó los panes y los peces no lo hizo para demostrarle a la multitud su poder. No fue un gesto para agenciarse simpatías, ni cosa por el estilo; lo hizo, y así lo relata San Marcos, movido por la compasión: “Y salió Jesús y vio una gran multitud, y tuvo compasión de ellos, porque eran como ovejas que no tenían pastor; y comenzó a enseñarles muchas cosas (Marcos 6:34).

La respuesta de Jesús fue la multiplicación de los panes y los peces para que las personas que componían la multitud pudieran satisfacer su necesidad de comer. La obra del Señor Jesús evidencia que Él no se enseñoreó de la multitud, que en ningún caso dejó de atender una necesidad personal por ocuparse solamente de las masas. Él mantuvo el equilibrio frente al fenómeno que constituye la multitud y los individuos que la conforman.

En este sentido Jesús fue un líder distinto que supo amar a las personas, estuvieran solas, o confundidas dentro de un conglomerado sin rostro. Esa misma atención, ese mismo cuidado personalizado está hoy a favor de nosotros.

Las multitudes constituyen en ese fenómeno social en el que se manifiesta, en arrebato enloquecedor, esa fusión de voluntades, sentimientos y emociones, donde la persona, el individuo como tal, parece perder sus esencias particulares. El mover de las multitudes es arrollador y por demás confuso. Jesús cumplió su misión rescatando personas de forma individual en medio del fragor de las multitudes. En medio de la multitud la atención del Señor se dirigió a personas para atender sus necesidades particulares.

Reiteramos, Jesús estuvo atento a las personas aún en medio de las multitudes. Jesús ha venido para ocuparse de nuestras necesidades particulares; sin embargo, hoy se nota un empeño en presentar un Cristo más interesado en las multitudes que en las personas. En parte estamos presentado un Cristo masificado, mediático y mediatizado. La manipulación de masas que Jesús no ejerció ni la usó para provecho personal, es utilizada por algunos de sus seguidores que están preocupados por las multitudes y no por las personas que las componen.

JPM

Comparte:
ALMOMENTO.NET publica los artículos de opinión sin hacerles correcciones de redacción. Se reserva el derecho de rechazar los que estén mal redactados, con errores de sintaxis o faltas ortográficas.