La Marcha del Verde Oscuro (o el Verde de los Verdes)

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El autor es economista. Reside en Santo Domingo.

En un programa radial de hace unos días intenté ponerle nombre a un fenómeno interesante. Las lágrimas de Nuria (o algo así) se puede llamar a la experiencia de realizar mil denuncias de corrupción administrativa (y cualquier cantidad de otros ilícitos). Debidamente presentadas y documentadas. Sistemáticamente, cada sábado por espacio de más de veinte años. Casos similares en el fondo, insistiendo hasta la temeridad en más de uno de ellos. Lo más importante: todo sin que pase absolutamente nada. Nada de que un procurador de justicia se entere, que un fiscal haga una notificación. Que un funcionario sea amonestado, menos cancelado (salvo muy, pero muy particulares excepciones, que se pueden contar con los dedos de una sola mano). Hasta aquí la parte de la denuncia-inacción de la justicia. Pero hay más, el asunto no se queda ahí…

No solamente el procurador no hace nada. No hacen nada los fiscales. Los jueces. No hace nada el presidente, los ministros. El jefe de la policía. No hacen nada los funcionarios apoderados para ello. Pero tampoco hacen nada los sindicatos, los gremios profesionales, las asociaciones empresariales. Los partidos de oposición, los partidos en formación. Es decir, no sólo las autoridades no hacen nada sino que nadie hace nada. Por eso es que digo que el síndrome es más complejo de lo que aparenta.

Entre las actitudes políticas que se han desarrollado en este país luego de la caída de la dictadura sobresale la que he llamado Caamaño el tonto (por no ponerlo más feo) que consiste, en lo fundamental, en que todo mundo quiere que se arregle el país… pero que lo arregle Caamaño. Es decir, todo el mundo quiere que sea otro el que coja el plomo, y que luego nos entregue el país enderezado y limpiecito en bandeja de plata. Y así… así no se puede, no sólo porque no existe ningún Caamaño tonto  (otros nombres que toma este personaje figurado es el buen tirano, el rey economista… la idea de un líder bipolar, uno que explote a los ricos en favor de los pobres y, por si fuera poco, no tenga ningún tipo de ambición personal), sino que el proceso de purificación del país es una experiencia colectiva y horizontal.

Vuelvo atrás: todo el mundo está de acuerdo en que hay mucha, muchísima corrupción. En que la corrupción nos está acabando como Nación. En que hay que frenarla. Combatirla. Perseguirla. Lograr condenas ejemplares. Pero todo esto… que lo haga otro. Que lo hagan los funcionarios, que están para eso. Con lo que se cierra el círculo de la denuncia-inacción porque los funcionarios no toman cartas en el asunto, los partidos políticos tampoco. Y la sociedad civil tampoco (recordando que sociedad civil no son las ongs que han formado y financian los gringos en la forma contemporánea y alguito más educada de la injerencia).  Todavía, si se piensa que son las autoridades las que deben actuar, pues la sociedad civil no logra forzar a las autoridades a hacerlo. Muchos dentro de la sociedad civil alegan que no tienen los recursos para hacerlo: el dinero, el tiempo. La prestancia, la visibilidad social. La influencia entre los grupos de poder. Y esto es cierto muchas veces. Como que también es cierto que el sistema de corrupción-impunidad es más amplio y orgánico de lo que se piensa. Y por ello más estable. Por decirlo en forma gráfica, porque la estabilidad del dólar depende del lavado de activo. O porque romper los lazos de la impunidad obliga a desmantelar las estructuras monopólicas en los mercados del país. Si fuera una cuestión simple de condenar en justicia al funcionario más demostradamente corrupto  (que estaría genial, que hay que hacer, que nunca se ha hecho) fuera, en términos coloquiales, un cachú. Pero es mucho más que eso, implica mucha más que lo visible, tiene consecuencias mucho más profundas de las evidentes. Y por eso eliminar la corrupción ha quedado como la desiderata de siempre.

Aquí es donde irrumpe la Marcha Verde. Un “movimiento” en principio espontáneo (yo mismo fui a la primera marcha), logró concitar la simpatía y el apoyo de la población (sobre todo en sus planos medios, medio en nivel socioeconómico y medio en edad, lo que llama la atención) que buscaba, justamente, un mecanismo de participación. Un mecanismo para ejercer los derechos ciudadanos, un mecanismo de presión. Con el tiempo el movimiento se ha ido desinflando porque la misma población que en un principio la apoyó se ha ido dando cuenta que no es lo que pensaba: no es espontáneo –es decir, es espontáneo para la mayoría de los marchistas pero no para los que la dirigen-. Pero lo más importante, no es transparente cuando la opacidad –la falta de transparencia- está en la base y es medio para la corrupción, como el mismo movimiento reconoce.

Cualquier persona que haya tenido un mínimo de participación política en este país sabe lo difícil que es concitar la atención y reunir personas cuando no hay un incentivo económico directo e inmediato (un pote, un picapollo, un quinientón) El objetivo puede ser el más importante y trascendente, no importa. A la reunión irán tres gatos (Y esto también tiene su razón de ser psicosocial) Sin embargo, la Marcha Verde sale de repente con una agenda profesional: declaraciones, ruedas de prensa. Pancartas, avisos en los periódicos, cortos audiovisuales. Un mapa de papel. Todo, ¿espontáneamente? Ciertamente hay una actitud de espontaneidad entre muchos de los marchistas pero ¿y los líderes o portavoces? ¿Cuándo, cómo, quién los eligió? Entre los partidos políticos tradicionales impera el dinero, el amiguismo o la fuerza (sillazos, tiros) para elegir los cargos partidarios y las candidaturas. Pero, y en la Marcha Verde, ¿quién eligió a quien habla en nombre de ella? Primarias, ¿abiertas o cerradas? Todavía más: ¿quién manda? ¿Y por qué obedecen los que obedecen? De nuevo, entre los partidos manda el que tiene el dinero. ¿Cómo obtienen los líderes de la Marcha Verde la obediencia de quienes le siguen? ¿Fidelidad a los principios? Porque la Marcha Verde, que exige transparencia en la utilización de los dineros públicos (lo que está más que bien) no dice, nunca ha dicho de dónde se financia. Ni ha pedido auditoría a la Cámara de Cuentas. ¿Transparencia?

Hay más todavía, de hecho lo más importante. La Marcha Verde ha intentado imponer una ecuación: Corrupción = Odebrecht-Punta Catalina = PLD. Y esto, como lo sabe cualquier vecino de barrio, no es verdad. La corrupción no es sólo lo que ha sucedido en Punta Catalina, no sólo es de Odebrecht y no sólo es del PLD. Quien tiene la lucha contra la corrupción como norte y guía, y no soporta ni tolera la impunidad, no puede tener un foco tan estrecho y particular. Ve corrupción e impunidad donde quiera que la haya, no sólo donde alguien, por alguna razón, señala con el dedo. Por ejemplo, los militares en la frontera cogen dinero para dejar pasar a los haitianos indocumentados. Esto es corrupción. A esos militares nunca se los ha sancionado, menos se los ha condenado. Esto es impunidad. Los constructores y agricultores del país contratan miles de haitianos ilegales por un asunto del bajo salario directo. El mismo gobierno dominicano contrata trabajadores ilegales para la construcción de obras públicas.  Esto es ilegal. Y todos –empleadores privados y gobierno- se mantienen en la más perfecta impunidad. Esta impunidad no le interesa a la Marcha Verde, la corrupción, si no es según la ecuación anterior, no importa. No es corrupción. No es impunidad. El agresor de Cielo García anda por ahí, tan campante como Juancito, el otro caminador. Pero esa impunidad no le interesa a la Marcha Verde. Y uno se pone a pensar –a pensar con poca información porque la Marcha Verde nos deja en la oscuridad- y a quién es que conviene esa presión en un solo punto (a quien no le conviene es claro) que lo único que busca es preservar el status quo en política migratoria? Y mi brújula como que coge para el norte.

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