La liturgia de Don Manuel Rueda

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Soñé que caminaba con pies descalzos en una playa de blancas arenas mojadas por el Atlántico en Montecristi; de pronto detengo mis pasos y en mi imaginación observo admirado surgir del fondo del inmenso mar azul una música exquisita de un piano de cola con teclas de nácares brillantes y un gran señor con frac tocando solemnemente “El cancionero litúrgico dominicano”, compuesto en colaboración con el Obispado de Santiago de los Caballeros. Frente a una composición musical tan grandiosa y tan bien lograda por su autor, cabe traer una frase de Mozart: (…) Emperador a Mozart: «Es demasiado hermosa para nuestros oídos, verdaderamente encuentro que hay demasiadas notas». A lo que el compositor repus «Exactamente no hay más que las necesarias». Esta liturgia creada por Manuel Rueda es una alegoría a la fiesta de Pentecostés que la iglesia celebra días después de la Pascua de la Resurrección de Cristo o la liberación definitiva de la esclavitud del pecado. Ésta obra sinfónica fue compuesta de manera extraordinaria por Manuel Rueda, sin duda, escrita con la guía del Espíritu Santo que se le manifestó al maestro como persona divina y soplándole al oído le dijo antes de escribir el cancioner “Recibid el Espíritu Santo” (Jn 20, 22). Don Manuel Rueda escribió con un dramatismo tal que ningún otro dominicano lo ha podido superar en ese arte y con esa pieza musical nos encontramos en otro plano con una forma resumida que nos hace conocer la pureza de su genio escritural, el cual quedó plasmado en su Relato de la pasión y muerte de Juana la Loca, con cuya obra obtuvo el Premio Teatral “Tirso de Molina”, 1995. Debo advertir, que Juana I de Castilla, apodada Juana la Loca, fue la heredera de la corona de Castilla y Aragón (1502). Se cuenta que fue tan desenfrenado el amor que la reina sintió por su esposo Felipe I el Hermoso que la infidelidad de su marido le causó una enfermedad mental que tuvo que ser recluida desde 1509 hasta su muerte en un palacio de Tordesillas, una localidad de la provincia de Vallalodid, España. En el poema “Plegaria de Caín” el autor trata de transmitirnos su angustia en un verso cargado de humana desilusión; hay también en esta poesía un hombre transido e imploratorio que busca huir de la barbarie en unas tierras que apenas respira y clama por un salvador debajo de aquel sol abrasador de tormentos y de pesares: Veamos: ¿Donde te escondes tú, Redentor mío/en estas tierras que ya apenas respiran/resguardadas, como por centinelas lúgubres/por los paralizados cambronales?/Aquí no soy el hijo castigado que sufre/un cruel destierro/sino un fiero guardián de unas ovejas/Que vuelva tu mirada a caer sobre mi frente/como un anatema/. Y don Manuel Rueda parece decir que en su propia tierra de Montecristi, donde despierto vuela el alcatraz, que en su invisible se hace oveja arrodillada y llama suplicante: “Salva, padre, a tu hijo el errante, al miserable/Al último que fue primero en tu mano;/al que solo queda ya, como única esperanza,/la posibilidad de tu remordimiento/Pero es que soy el dueño de estos ásperos/confines donde tu voz no llega/y el hombre es esa oveja que mi planta humilla en la cerviz/. En la obra Las metamorfosis de Mackandal, Manuel Rueda hace uso de su gran capacidad de crear seres imaginarios dándole vida para conjugar su nombre en un tiempo que tiene continuidad; en ese mundo encuentra el poeta su preciada tierra, en una especie de realismo sin sentido en el “costado de un planeta”. En su poema “De lo pequeño y de lo grande” escribe: “La nada supone un todo/que la antecede/aquí en sus bordes/soy/isla, isla/sílaba de la que fui todo palabra/en una turbamulta de poderes/ ¿Dónde está tu cuerpo en este meridiano en el que te vemos espejear? Solo gorjeo/de pájaro en la sal de un abismo/que reverbera en la sombreaducha de una idea/”. Néstor R. Rodríguez, en un trabajo titulad “Manuel Rueda, el exorcista del cuerpo insular dominicano” hace referencia a la obra Las metamorfosis de Mackandal y escribe: “En este texto de factura épico-lírica Manuel Rueda retoma, al igual que el cubano Alejo Carpentier en El reino de este mundo (1948), algunos de los aspectos legendarios de la historia de Mackandal, el notorio cimarrón de Saint Domingue en el siglo XVIII”. François Mackandal fue un personaje real transformado en líder durante la Revolución haitiana que seguía las órdenes monsieur Lenormand de Mezy. En este trozo de verso el autor parece volver su mirada triste hacia la tragedia de su hogar de niño, contemplando en su Montecristi la alianza de la sal y las aves migratorias. Hundido en su sueño, el poeta avizora una montaña, en medio de aquellas aguas azulinas y crujientes, con forma de dromedario y un corazón pequeño que se agiganta y late durante el crepúsculo. Veamos: “Tal vez una montaña/el sonido de un corazón en la noche/inmensación de lo pequeño/hasta ser tú/en la creación piedra rugiente/.” En su ensayo compartido con otros escritores y artistas de la plástica dominicana titulado “De tierra morena vengo” (1987), el mismo viene siendo un canto grandioso y a la vez un reflejo espléndidamente logrado por don Manuel Rueda; el escrito constituye un reconocimiento a ese color moreno insuperable que nace en la insularidad producto de la confrontación pasional de dos razas (blanca/negra) que se descuartizan en una especie de arrebato erótico entre dos colores a orillas de un mar de hechizos y el dulce sabor de una negra que transpira inocencia. De tierra morena vengo es también tierra analógica con pueblos mansos y capaces de espiritualizar anhelos en un mundo que se degrada y pierde lentamente aquella virginidad que encantaba a desconocidos y a coterráneos. Empero, don Manuel Rueda trata afanosamente en su obra de perpetuar su universo insular, el artitismo de una sustancia brillante que al nacer convertida en flor debajo del sol expulsa energía creadora y muestra una viveza sutil como de encantamiento. En su otro ensayo “Conocimiento y poesía en el folklore (1971), don Manuel hace una acrobacia libre, como si el gimnasta de las letras quisiera enseñarle a otros mundos desde su cenit su tierra la patria amada y el ritual de un linaje que es cóctel de deidades pintorescas de una antillanía policromada, simbólica, con sus semejanzas y sus discrepancias culturales y su dimorfismo manifiesto dentro de una isla única. Don Manuel Rueda en este poema pretende que otros descubran el noble querer de los habitantes y la firmeza de su tierra procera. Toca, finalmente, este músico eminente desde su gloria, su piano de cola bendecido y al tañer las gloriosas campanas de la iglesia al ritmo del tic tac del histórico reloj, su Montecristi, el 21 de enero se despierta lleno de festividad religiosa con la veneración de la patrona de su pueblo, la Virgen de la Altagracia, patrona nacional, recibiendo alabanzas y glorificando su nombre, como yo pretendo buscar con mis lectores de pie como signo de respeto y admiración categórica, a través de esta nueva entrega, enaltecer alborozado a este fino poeta y compositor egregio. La memoria de estos grandes hombres de las letras y la música dominicana no debe quedar disuelta en una especie de olvido culpable en un “montón de espejos rotos”; sus expresiones literarias y artísticas deben ser evocadas como testimonio fiel de su gloria, de su pasado y de su presente perenne. Debo finalizar este escrito a don Manuel Rueda con una frase memorable del poeta argentino Jorge Luís Borges sobre la memoria: “Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos”.

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