Demandas médicas e injusticias

 El notable incremento de las demandas médicas ha puesto de manifiesto algunas injusticias. Hoy queremos referirnos a una que afecta a muchos de los médicos demandados, pero que resulta más notoria cuando el galeno emplazado es un médico de gran prestigio y ampliamente reconocido.

He tenido ocasión de ver sentados en el banquillo de los acusados a médicos brillantes, verdaderos maestros de la medicina dominicana, que por años han impartido su saber en las aulas universitarias, en las salas de hospitalización y en los quirófanos, por reclamos injustificados y en muchas ocasiones, incluso, temerarios de pescadores del dinero fácil.

Es cierto que quien se siente afectado por la actuación de un médico tiene derecho a demandar en justicia una reparación del daño sufrido. Pero, a mi entender, debería existir en el país, una estancia intermedia que valore con conocimiento de causa si los reclamos son o no procedentes, como hace en México la Comisión Nacional de Arbitraje Médico, que es una dependencia de la Secretaría de Salud Pública y conoce y valora la procedencia o no de las quejas de afectados por supuestas malas prácticas médicas, desechando todas las improcedentes.

Ya es hora de que se entienda que toda acción en medicina tiene un riesgo; aun las más sencillas. Es bien conocida la historia de un famoso médico dominicano a quien le murió en sus brazos su propia madre después de que este le aplicó una ampolleta intramuscular de Penicilina para una simple amigdalitis. 

Su dolor desgarrador en el velatorio era más que evidente y demostrativo no solo de que no quiso que esto sucediera, sino que prefirió no delegar la aplicación de la inyección en una enfermera ni en otro colega para hacerlo directamente con el mayor esmero y procurando que resultara lo menos molesto posible a su madre.

No todos los organismos reaccionan del mismo modo ante el mismo estímulo, no importa con cuanta pericia y prudencia se haya actuado.

Basta ya de pensar que los médicos son superdotados o dioses que no pueden cometer equivocaciones involuntarias como simples mortales. Se les paga como a obreros y, sin embargo, se les exige como si fueran robots.

Un mecánico puede equivocarse y cambiarle una pieza a un automóvil sin que estuviera dañada, y el propietario debe asumir los gastos de la pieza y además pagarle al mecánico sus honorarios. Los albañiles en sus labores dejan caer y rompen numerosos bloques y desperdician muchísima arena y cemento, sin que nadie les proteste. 

Un fiscal puede cometer errores de apreciación garrafales y el juez, sencillamente, no satisface sus pedidos, sin que los afecte ninguna sanción. A diario son casadas numerosas sentencias afectadas por  una aplicación errada de la ley y a esos jueces ni siquiera se les amonesta. ¿Por qué entonces al médico, que actúa de buena fe, queriendo siempre ayudar a sus pacientes se le condena con tanta ligereza?

¿Por qué estas condenas no están acordes con los salarios de miseria que se les paga y envuelven sumas que el médico no podría juntar ni siquiera dedicando para esto la totalidad del salario percibido en un hospital durante sus 20 o 30 años de trabajo activo?

 ¿Por qué se sigue culpando solo al médico mientras las instituciones hospitalarias públicas y privadas y las ARS siguen disfrutando del pastel sin ningún riesgo?

Un médico es visto como un semidios cuando resuelve favorablemente un caso difícil, pero es valorado como lo peor, como algo despreciable, incluso por las mismas personas si comete algún error, por más leve que sea, o, simplemente, cuando solicita por sus servicios un pago razonable.

Algo que tampoco se ha entendido es que no todo resultado indeseable es producto de una mala práctica médica. Cada procedimiento operatorio tiene un riesgo de complicaciones.

Lo habitual es que dichas complicaciones no sucedan (pudiendo ocurrir aun en manos diestras), por la prudencia, el esmero y cuidado de nuestros dedicados médicos dominicanos. Sin embargo, nunca he visto un paciente agradecido expresar su gratitud a un galeno porque al tratarlo a él o a un pariente cercano no sucediera ninguna de las complicaciones posibles que describen los textos.

Tampoco he visto a nadie pagarle al médico una suma mayor a la requerida como compensación por sus buenos servicios.

A lo que sí parece todo el mundo presto es a demandar al médico por cualquier inconformidad por simple que sea. Pero nadie, absolutamente nadie, depara en el daño moral que se le hace al médico y hasta se consideran abusivas las demandas reconvencionales que uno que otro médico realiza después de ser afectado por una demanda infundada.

Por suerte para el país, España puso un freno a los 750 médicos dominicanos jóvenes que año con año emigraban a dicho país y Estados Unidos, México, Argentina y Brasil han limitado las posibilidades de migración de los médicos dominicanos.

Pero si se abre una nueva brecha, aunque sea por equivocación, nos quedaremos hasta sin los médicos viejos y entonces vendrán los lamentos.

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