Cuan atrasados somos

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EL AUTOR es periodista. Reside en Santo Domingo.

Cuando uno sale del país, a una nación desarrollada y organizada, es que comprende y asimila nuestro subdesarrollo, nuestros atrasos, como nos imponemos obstáculos, como hacemos del caos una norma de vida a la que nos acostumbramos y practicamos cotidianamente.

La política es un pasatiempo. No hay forma de cuajar una Ley de Partidos porque nadie la quiere y todos la usan para privar en demócratas y aprovechar la coyuntura para medir fuerzas, para echar pulsos, para ‘amarrar’. Se habla de ‘crisis’ porque Danilo y Leonel se disputan el control de su partido, o porque Hipólito y Abinader se juegan a las escondidas, porque reformistas y perredeístas son más de lo mismo: Quique esperando a ver a quien se arrima mientras Ito le hace la coreografía, al tiempo que el PRD se divierte con las rabietas de Guido y Andrés.

Aquí algunos politiqueros y bullangueros pretenden armar un escándalo porque tres comunicadores renunciaron a un programa de television, en un canal privado y donde eran empleados, alegando que se les ‘presionó’ con el nombramiento de otro comunicador y se alega que la acción es una violación a la libertad de prensa. ¿¿??

El tránsito es un caos, salvaje, porque la autoridad le tiene miedo a los negociantes del ‘concho’, que hacen lo que les viene en ganas en las calles y no hay quien los enfrente.

El respeto por el ciudadano es olímpicamente violentado día a día en los comercios –mientras más grandes y de marcas de renombre peor- aunque tenemos una populista organización, llamada ProConsumidor, cuyos ejecutivos hacen más por ganar espacios en los medios de prensa que en auxiliar a la gente abusada.

Cito tres casos que me ocurrieron en las últimas semanas:

  • En el taller de ‘servicios’ de una reconocida y altamente publicitada marca de electrodomésticos coreana me dijeron, luego de una semana de espera y el pago de $500 para ‘chequeo’, que a mi televisor grande, de última generación, sumamente costoso, se le dañó ‘una tarjeta’, pero que ellos –aún siendo el taller de representación de la marca- no la tenían ni la pedían, por lo que debía retirar el televisor y llevarlo a un taller ‘de patio’ a ver si conseguían la pieza y lo reparaban. Terminé regalando el equipo ‘irreparable’ por el tller representante de la marcha, mientras mi esposa compró otro televisor, claro, de otra marca.
  • En el taller de ‘servicios’ de una reconocida marca de vehículos ingleses –costosos y afamados- solicité cambiar un bombillo de xenon, de luz delantera, y me dijeron que no lo tenían disponible, pero que tampoco lo pedían y me sugirieron que ‘intentara por Amazon’ o lo buscara ‘por ahí’, de los llamados ‘caravelitas’. Impotente y furioso pregunté, por curiosidad, cuanto costaba ese bombillo y me imprimieron una cotización por $387 dólares. Mi hija lo consiguió en la tienda de la marca, en Washington, a $78 dólares. Le pedí comprarme dos, por si acaso.
  • Para ponerle ‘la tapa al pomo’, el pasado fin de semana, regresando a mi país con mi familia, un joven inspector de Migración, en el AILA, no nos recibió los pasaportes porque los formularios de entrada que habíamos llenado eran de color azul y él exigía los blancos. Le expliqué que esos fueron los que repartieron en el avión, que mis hijos los habían utilizado al salir del país por Punta Cana y que casi todos los otros viajeros usaron esa noche el mismo azul en otras casillas de inspectores. Pero la respuesta del petulante inspector fue: “No importa si esos fueron los formularios que les dieron en el avión, si los usaron antes y si otros inspectores los aceptan, pero yo tengo mis reglas, así que vayan a llenar los blancos”. Eso nos tomó algún tiempo –eramos cinco- por lo que fuimos los últimos en pasar por Migración y Aduanas esa noche.

En Estados Unidos, donde estaba con mi familia, vi como en una tienda de Best-Buy un empleado se empeñaba en ayudar a una señora que se quejaba de que un secador de pelo de mano no funcionaba como ella esperaba. Con paciencia y cortesía el empleado le mostró las diferentes formas de uso y le ofrecía darle otro, por el mismo costo –aunque era ligeramente más caro- porque quería dejarla satisfecha. Un poco más adelante, en la misma tienda, otro empleado recibía un teclado cuyas luces no encendían y le probó tres al jovencito reclamante, hasta que éste quedó satisfecho.

En el aeropuerto, mientras regresaba el vehículo rentado que usé en este viaje, mi esposa y mis hijos eran asistidos a la entrada de la terminal por un agradable joven que le tiqueteaba el equipaje y le retiraba de una máquina automática los boletos de de abordar para que los llevara listos al momento de presentarse ante el mostrador de la aerolínea. Fueron varios los intentos que hubo de hacer el joven para lograr que la máquina admitiera el scaneo de los pasaportes para retirar los boletos de abordar, pero lo hacía con cortesía, repetidamente, pasando sobre su camisa la página donde están los datos del pasaporte y al foto. “No se preocupen –repetía a mi esposa e hijos- que eso ocurre muchas veces. Hasta que no logró su objetivo, no dejó de intentarlo. Claro, recibió una buena propina, la cual se ganó por sus atenciones y buen trato.

Estas experiencias, que contrastan de una ciudad a otra, nos muestran nuestras debilidades y miserias como sociedad.

Hemos avanzado como nación, pero seguimos siendo un país atrasado, subdesarrollado, de abusadores, prepotentes y estúpidos.

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