Santo Domingo. Rep. Dom. - 24 de Octubre 2014
Opinión
2 Marzo 2013, 08:33 AM, Comentarios
La balada de Martha Heredia
Por R. A. RAMIREZ BAEZ

5:45 PM: hora del delito en Santiago.

¡Sociedad! ¡Oh sociedad, mi verduga!

─ ¿Quién está gritando de esa manera?

─ Vaqueró.

¡Ha caído Martha, descendida de los cielos!, entristecidoslos astrosrecogen esos llantos y los poetasharán que serestablezca la inmortalidad de la alegría…

Justo cuando el reloj marcó las 6:00 PM en las periferias de Santiago un río se desbordaa lavar con lágrimas el afligidorostro de la estrella. Un rayo de esperanzaacoge esa honda heridaenel vientre de una sociedad enferma:como si el castigo germinara del terrenoestéril del odio, como si el escarnio eligiesesus mássiniestros acordes en un auditorio repleto de culpabilidad.En el ancho espectro de la sociedadflorecen blancas flores, están como engalanadas por orden del perdón.Pero su aroma no es el del delito; sóloel de la misericordia. En lo alto de la cima, el verdugo lanza su As a la presa cautiva. En las sombras, el mismo verdugo esperapor el chirrido que indica que la puerta está abierta; pero ésta se abre con la presencia deslumbrante del delito. La estrella heridapor elfilo de la insidia cae a los pies de su verdugo; monstruo que condena con la fuerza de un dios salvaje. El delito camina orondo sobre una alfombra roja, demasiado vistosa comorequiere el castigo.El éxito desciende en intermitentes destellos de luces hasta construiresas columnas donde laenvidiaedificasu vistoso castillo.

Sentado sobre un trozo de lamentos, en algún lugarsangrante, Vaqueró espera a que lo llamen a aquelrepertorio de culpas donde Martha, de alas caídas, camina sobre los cristales rotos de la fama. Ella, sabiéndose amada por Vaquero, mira su verdad íntima en un espejo roto. El mundo para ella es ahora la copia de su propia desgracia. Siente que ha sidoseducida por el destino.Es su castigo por haber dejado a un lado la iluminacióncuando cruzaba eseancho puente bajo las tenebrosas sombras; allí, donde prevalecen los cuchillos ocultos del peligro anteel divino encanto de la serenidad: como siel destino considerara prematuro cederle sus oráculos para que escuchara su propia voz,como si nadie oyese los llantos del alma atormentada. Sin que cesaran de batirse esos tormentos en un presuroso duelocon ese enemigo siniestro transfigurado en árbitro de la desgracia.

El guardián que sin saber teníallaves de aquella cerradura desconoce que toda estrella oculta un pasado triste; desconoce que el largosendero de la gloria se adoquina de bloques de cenizas. Pero más desconoceque todo astro en algúnmomento aparta su luz.El cieloconfirma como enfermoese lugar que una estrella elige para su calvario. Como si la fatalidad eligiesesu santuario allí donde el verdugo es propietario del delito;y la estrella ya no es más que un sorbo de ese exquisito vino degustado por el azar.

Noson nuestros fantasmas los que nos hacen culpables sino aquellos que no tienen en su alma un mínimo destello de perdón. Tampocoes frecuente que alguien asuma el riesgo de hablar de cada una de las etapas que ha vivido. Si lo haces, termina avergonzándose de su verdad íntima: ¡nadie tiene suficiente coraje como para ver la danza inescrupulosa de sus propios fantasmas!

A toda estrella se encanta contagiarsu alma con el deslumbranteencanto de la vanidad. Y en la altura esa misma estrellacasi nunca se permite entender quelos vicios asciendendesde la tierra hacia el cielo envueltos en seductora túnica del peligro. Nadie tiene suficiente valor para agarrar sus propios vicios por el cuello y arrojarlos al vertedero. Nuestrasociedad tiene la certeza de que se agrada con verse reflejada en ese ancho espejo detantos prejuicios como si reconocer que estamos enfermos, como si admitir quehemosido perdiendo el comedimiento es la formamás solícita de ocultarnos todos bajo el manto del desprecio.

Y, al fin; ni el éxito, ni la fama, ni elverdugo y, por supuesto, la sociedad no dispone de una humilde choza para esa vergüenza que oronda toca el ancho portón de nuestra culpabilidad.Una nación creada al falso destello del prestigio; una sociedad que otorga las bridas del castigo y, sin mirar el reposo de luna llena, condena a sus víctimas. Muy tarde, pero muy tarde,sus victimariosescuchan la balada del perdón.

  ¡Oh, destino, Martha en vez ser sombra es luz prodiga!

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