Santo Domingo. Rep. Dom. - 23 de Julio 2014
Momentum
1 Marzo 2013, 06:40 PM, 0 Comentarios
El premio del arúspice José Mármol
Por JOSE CARVAJAL

Yo no sabría pronunciar un discurso de agradecimiento por un premio, y mucho menos por un premio nacional de literatura. Pues para mí todo premio o reconocimiento encierra una acción burda que no siempre es fiel a los propósitos que proyectan las ceremonias públicas.

Sin embargo, me gusta que los amigos y personas que conozco ganen todos los honores que puedan, o que se agencian, o que compran, o que realmente se merecen a la luz de sus aportes gremiales.

También me parece importante que los que necesitan ser reconocidos por otros, para sentirse realizados, aprendan a recibir premios y a jugar el papel estelar de asumir el podio para que los demás les crean, sobre todo en estos tiempos en que la mayoría piensa que un premio sella la calidad de una obra.

Debemos reconocer que todo ha cambiado. Antes un intelectual se consideraba una guía del pensamiento de las sociedades, porque creía tener la responsabilidad de hablar por otros, de interpretar el sentimiento de los pueblos, y de contar con un talento especial para hacer escuchar a gran escala la voz de los que no poseían el don de la palabra. La literatura también se asumía como un compromiso político, un arma de conciencia pública, de luchas ideológicas y sociales, y de serios cuestionamientos a los gobiernos que no cumplían las expectativas de las multitudes.

Los escritores también tenían otra manera de ejercer el oficio. Sus obras no estaban divorciadas de sus creencias ni de sus actuaciones en la sociedad. Eran rebeldes, guerrilleros de palabras que incomodaban a los que ostentaban los poderes. Eran sediciosos desde el discurso y libraban o perdían batallas sin empuñar un arma de fuego. Ahora no es así.

Ahora un escritor es un empecinado labrador de su propio triunfo. Dedica más tiempo a la autopromoción que a la busca de la perfección de su obra. Ya no piensa tanto para escribir porque se ha convertido sin querer en un animal virtual, un ratón de computadora y no de biblioteca. Y todo eso lo aleja de la posibilidad de ser original.

Conozco escritores que ni siquiera leen completas las solapas de los libros sobre los que discuten a menudo en sus encuentros de sociedad o en las tertulias de Cafés. Hemos sucumbido a la inmediatez, a la idiotez. Somos testigos de la generación“Copy and Paste” con cerebro Wikipedia y memoria Google. La consigna de hoy es ¿para qué escribir más de 140 caracteres?

De modo que si ganamos un premio nacional en medio de la gran calamidad intelectual que padece nuestro tiempo, debe ser una proeza dispararse un discurso que convenza a los demás de que somos merecedores de tal reconocimiento. Es lo que intentó hacer recientemente el poeta dominicano José Mármol al pronunciar sus palabras de aceptación del Premio Nacional de Literatura 2013. Pero Mármol ha escrito mucho más de 140 caracteres. Es un poeta a carta cabal; cabeza de una generación empantanada en recuerdos de luchas ideológicas, asaltada por la globalización y víctima de la avalancha tecnológica que robotiza sin compasión la vida moderna.

Para algunos el premio de Mármol es prematuro. Pero nadie cuestiona una obra poética y ensayística que viene en espiral ascendente desde aquel pequeño libro (El ojo del arúspice) que publicó a mediados de los años ochenta, en el inicio de una generación de poetas que ha ido limpiando la maleza verbal en el camino.

Mármol ha sido el roble de su generación, y quizá el más culto. Es difícil explicar a los ilusos poetastros que proliferan en las redes sociales que la obra de Mármol está cimentada en la celebración del lenguaje y no en la banalidad del Twitter. Como hombre ha logrado ser productivo a la sociedad, y como poeta a la clase ociosa; al exigente mundo económico que mide el valor de una persona por el oficio que desempeña y lo que gana, y al rebaño literario que vive esperanzado de un éxito que lo saque de la pobreza y el anonimato.

En su discurso de aceptación del premio, Mármol se queja de que “el aquí y el ahora han sido reducidos a cosas, y por demás, cosas superfluas, banales, perentorias, estúpidas”. Y no es para menos. Sabemos que es un legado de la cultura del espectáculo, un "efecto Beaubourg", como diría Jean Baudrillard. Pero mientras haya poetas como Mármol, que sigan soñando y apostando a la metáfora cuasi perfecta, al lenguaje, y a sí mismos, la poesía está a salvo. ¡Que enciendan las luces!

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