Santo Domingo. Rep. Dom. - 28 de Agosto 2014
Opinión
12 Julio 2012, 06:03 AM, 0 Comentarios
¡Mamita llegó el obispo!

Paquita Escribano era el príncipe de los humoristas dominicanos, y todas las tardes, en plena “Era de Trujillo”, su programa radial invadía las casas de los dominicanos. Era un tipo pendenciero, homosexual y burlón, que provocaba con sus chismes la ira del aparato represivo del dictador.

Se autodenominaba “El archipámpano de la carcajada”, y solía iniciar sus programas con una canción que, muchos años después, yo descubrí que también cantaba la artista Rita Montaner en su programa del mediodía en Cuba, a la que imitaba hasta en los tonos de voz; pero esa canción le permitía introducirse a sí mismo con los oropeles de la arboladura eclesial. Amanerado, irrespetuoso, sus sátiras eran siempre una transgresión peligrosa en una etapa de la vida dominicana caracterizada por el silencio y el miedo; y aunque se puede decir que fue él quien inventó en nuestro país la industria del chisme como negocio, tal vez era su humor desenfadado lo único que vulneraba públicamente todos los días en la radio el rigor de una verdad absoluta.

Siendo yo un niño aún no podía descifrar los retorcidos vericuetos de esa canción, pero toda esa majestuosa grandeza que el humorista me hacía evocar nacía sin duda del predominio de la imagen y el sonido de la música sobre la palabra: “Mamita llegó el Obispo/ llegó el Obispo de Roma/ Mamita si usted lo viera/ que cosa linda/ que cosa mona”, cantaba el versátil artista que era Paquita Escribano, y yo me imaginaba el garbo del peripuesto Obispo, la estirpe de aquel espíritu paradójicamente inspirador y falso. Lo veía llegar en mi imaginación ataviado de sus luces, y sentía que mi admiración por él era a la vez un desprecio y un temor que no podía descifrar.

¿Por qué cuando Paquita Escribano arrancaba con su cant “Mamita llegó el Obispo/ llegó el Obispo de Roma/Mamita si usted lo viera/ que cosa linda/ que cosa mona”, el niño que yo era sentía abrirse un espacio inexplicable que me impedía escapar de mi angustia, y me parecía que toda la humanidad tenía los ojos fijos en ese bendito Obispo refulgente, que era una apuesta inútil y costosa para una nación sumida en la miseria y el terror? ¿A qué venía este Obispo con su albura si la sociedad, nuestro mundo, era un mundo vigilado? ¿Y por qué este maricón de carroza insistía en romper el quietismo, la paz trujillista, estrujándonos el máximo de perfección de un Obispo que llegaba y nadie sabía para qué?

A menudo uno no tiene explicación de las cosas, y no alcanza sino a una forma de soportar su miseria. Yo era apenas un niño, Paquita Escribano era un artista, un ícono de la comunicación, y el jodido Obispo que llegaba tenía que ver con una idea de la libertad o la opresión. Después de la muerte de Trujillo jamás volví a escuchar la canción de Paquita. Jamás pensé en la utilidad vaga de ese ser que era “ una cosa linda, una cosa mona”. Hasta ayer, que el presidente Leonel Fernández regresó de su viaje número setenta y tres, que lo llevó a España, Francia, Bélgica y Roma; gastando sin piedad el dinero de un pueblo lleno de miserias materiales y morales, pregonando la construcción perpetua de su ego, dándole alpiste a una megalomanía que no tiene límites. Y entonces encontré la respuesta de prolongaciones sutiles que guardaba la canción, y que no podía alcanzar en mi infancia. La burla que le reservaba a quien se creía por encima de todos los mortales entonces, y el mínimo de fatalidad en que entrampaba la ridícula petulancia del poder.

¿Esa infatuación del hombre que nos gobierna, quien va a despedirse de Europa sin que Europa lo estuviera esperando, ocupa habitaciones de cuatro mil dólares, se hace acompañar de un numeroso séquito de notables durante días, dicta conferencias sobre temas que él no maneja, recibe pergaminos y ejerce el besamanos con el Rey de España, todo pagado con dinero de los contribuyentes dominicanos; no equivale a la misma apuesta inútil y costosa del Obispo que llega? ¡Oh, Dios! Se me ocurrió que todo el país debía de haber ido al aeropuerto a recibirlo, y cuando Leonel Fernández bajara del avión cantarle: “Mamita llegó el Obispo/ llegó el Obispo de Roma/ Mamita si usted lo viera/ que cosa linda/ que cosa mona!”.

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