Balada  de un individualista

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EL AUTOR es escritor, poeta y profesor universitario. Reside en Santo Domingo.

El individualismo se entiende mejor si lo vemos como esa imposibilidad que consiste en negar cualquier intento de situar la historia objetiva. ¿En qué país vivimos? ¿Somos una nación de clase media, como alega Danilo Medina? ¿Es respirable la fatiga del vivir que los astros prescriben?

    En cada hombre y mujer la humanidad vuelve a partir- explicaba Simone de Beavoir- eludiendo ese fin moviente que cada etapa de la vida alcanza. Arribar no es, entonces, llegar. Jamás se llega a ninguna parte. Aquí yace una dialéctica específica, pero también puede surgir un problema. En la época de la posmodernidad, proyectado sobre su propia acción, la humanidad se ha superado a sí misma. Nosotros, que orillamos el mundo posmoderno en una mediaisla, ¿dónde estamos? ¿Dónde ubicarnos en la globalización?

Para los hombres y las mujeres de este país seguramente no existe problema más real que el de cómo llevar una vida adecuada, en todos los aspectos. Los hospitales colapsan, el futuro se cierra sobre nosotros como una maldición. La mentira puja con propaganda para aligerar la realidad. Pero las calles están llenas de mendigos, de buscones y malabaristas, de chiriperos celestes y aguacateros amargados que te estrujan el fruto en el rojo de todos los semáforos. Tullidos, baldados y operados te reclaman una compasión obsesiva, y te muestran sus deformidades en los caminos, mortificándote la paz y atropellando tu sensibilidad particular de pequeño burgués individualista. Yo, que soy un hombre posmoderno, me retiro a dormir.

Únicamente ahora  es posible apartarse de todo. No hay sino ese momento frágil de la individualidad que se mira eternamente en el espejo. La corrupción puede comprarlo todo, o casi todo.   Sobre el hormiguero humano de la sociedad civil en nuestro país, no flamea ya ningún trapo sagrado. Todo está permitido. Nada ha cambiado pero resulta que todo está bien. Talvez sólo habíamos vivido apreciando la realidad con un lenguaje puramente poético, y deberíamos avergonzarnos de nuestros viejos combates. He ahí una suerte de comedia que sirve para enmascarar el espectáculo de la cotidianidad.

¿Qué como estoy?

-Bien, esperando que inauguren el teleférico para mirar desde arriba el techo azul de la desigualdad.

En cierto momento me creo habitado por los dioses. Delgado querubín, a quien sus ocios, su vanidad, le permutan la solidaridad con su tiempo. Es así, sobre todo si los intelectuales manejan el poder, estamos habitados por los dioses. En el fondo de ese espejo en que me admiro, como Narciso mirándose en el agua, ¿no es inútil esa belleza, ese don que me separa de los demás?

Las calles están llenas de mendigos, de buscones y malabaristas, de chiriperos celestes y aguacateros amargados que te estrujan el fruto en el rojo de todos los semáforos. Tullidos, baldados y operados te reclaman una compasión obsesiva, y te muestran sus deformidades en los caminos, mortificándote la paz y atropellando tu sensibilidad particular. Pero hay un locutor ronco que dice que no, y suspende la verdad cotidiana. No hay miseria, no hay hambre, nadie está necesitado de solidaridad. Vivimos el mejor de los mundos posibles, sentimos el peso de la clara intimidación de una mentira. Una suerte de comedia que sirve para enmascarar el espectáculo de la cotidianidad.

Soy un hombre posmoderno, y me retiro a dormir. Me aparto de la estúpida y trágica historia de nuestra aventura espiritual, y de la perversión de la realidad que hace añicos todas las mentiras de mi propio discurso. ¿Es que acaso el domicilio terrestre es la estación del amor? Este país está harto de mentiras, pero la necesitamos para vivir. No hay trapo sagrado, el poder es esta audacia permitida que todo lo valida. Yo sé que miento, pero ya no hay canallas.

¿Qué cómo estoy? Aquí, esperando el teleférico como se espera a Godot, y ver los techos de la miseria pintados de azul.

-¡Bien, bien!- esperando el teleférico como se espera al  Mesías. Preguntándome si es posible darle una tregua a la desdicha, y desencadenar la esperanza. Pero, soy un individualista incorregible y me retiro a dormir. ¿Por dónde andará ése canalla que a cada momento afirma que Danilo le adelanta la agenda? ¡Cobarde!

 

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